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04/04/2026

Perú: ¿quién quiere ser presidente?

Por Thomas Degastaldi

Perú: ¿quién quiere ser presidente?

El 12 de abril los peruanos celebrarán la primera vuelta electoral, ahí seleccionarán a los dos desdichados que competirán por convertirse en el décimo presidente constitucional en 10 años.

A una semana de la elección, ningún candidato presidencial supera el 15% de intención de voto, el panorama preelectoral es casi igual al de 5 años atrás, donde a 48 horas de la elección la cifra era todavía más escabrosa, ningún candidato pasaba de los 12 puntos. Si hilamos fino, el escenario actual es acaso más atendible que el de 2021, en esta oportunidad hay 35 candidatos a la presidencia de la república, en la elección anterior eran 18. Tal vez la situación actual no sea mucho mejor, pero al menos no es tanto peor.

Esta inflación de candidatos se está volviendo un fenómeno común en casi todos los países del continente. Este año tenemos también elecciones en Brasil y Colombia, de la primera todavía no tenemos candidatos confirmados -el registro cierra el 15 de agosto-, pero de la segunda si, y el número es igual de impresionante que en Perú, de los 8 candidatos que se presentaron en el año 2022 pasamos a 15 para las elecciones del 31 de mayo. La principal diferencia entre Perú y Colombia radica en que están en momentos distintos de la gran crisis global de representatividad. Mientras Colombia se adentra a una forma de polarización política novedosa para su historia (el Petrismo contra el Uribismo remanente), Perú ya atravesó la era de la polarización y se adentró de lleno en la era de la anomia.

La era de la anomia tiene un personaje principal, hecho a medida de las circunstancias, que es el outsider. De hecho, Perú es pionero en llevar a gente muy poco o nulamente relacionada a la política al centro de la escena, no olvidemos que la elección presidencial de 1990 se dio entre dos personas que nunca habían ejercido un cargo público, Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa. Así terminó.

Hoy en Perú ser un outsider es visto como un valor, todos los candidatos quieren ser visto de esa manera porque es la única forma de despegarse de la imagen generalizada que tienen los ciudadanos sobre las instituciones, el sistema, y el poder político. De hecho, estos prejuicios (fundados o no) son tan fuertes que han guiado muchas de las reformas políticas que tuvieron lugar en los últimos años, como la eliminación del Senado y, la más polémica de todas, la no reelección para los cargos legislativos.

Estas reformas sirvieron como legitimador para el poder legislativo, pero nadie se esperaría que esa legitimación termine en la actual antropofagia que se vive dentro del Estado peruano. El poder que se impone sobre los demás es el Congreso, poniendo y sacando presidentes indiscriminadamente, con acusaciones en algunos casos endebles, en otros extemporáneas (como la vacancia de Pedro Pablo Kuczynski) y tal vez en algún caso atendibles, pero eso no quita que el hecho de que un congreso fragmentado hasta el ridículo, donde sus miembros se ven eyectados de la política institucional tras su periodo y que no rinde cuentas ante ningún otro poder del Estado, es un agente del caos que dificulta las condiciones de existencia de cualquier democracia que se pretende funcional.

A esta altura es una obviedad señalar que el escenario preelectoral está profundamente enrarecido, pero hay un elemento que se suma al desastroso porvenir, esta elección será la primera en la que se vota en 5 categorías distintas de forma simultánea, lo cual, añadido a la eliminación de las elecciones primarias (llamadas PASO, al igual que su equivalente nacional) y a la creciente apatía, no solo colaborará con profundizar la fragmentación, sino que dificulta la muy elemental tarea de saber “que se está votando cuando se está votando”.

La elección del próximo domingo es lo que coloquialmente se suele llamar “una carrera de enanos”, pero entre esos enanos existen dos que destacan, Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori. El primero es un empresario ultraconservador (a menudo llamado “el Bolsonaro peruano”) que viene de quedar tercero en la elección del 2021 y de ser alcalde de lima por dos años en una -cómo poco- turbia gestión. La segunda, archiconocida por cualquier espectador de la política continental, apunta a realizar una elección semejante a la anterior, que la llevó a disputar un balotaje por tercera vez consecutiva y a posteriormente perderlo por 40.000 votos.

Me quiero detener sobre la situación en la que se encuentra Fujimori. Uno a simple vista podría pensar que el hecho de que un candidato aún más conservador, aún más extremista, y si cabe la posibilidad, aún más neoliberal que ella esté encabezando las encuestas la podría ayudar presentarse como una candidata moderada y así comenzar, muy de a poco, a romper la barrera del “Fujimorismo núcleo duro” que compone su base de apoyo. Esta lectura tiene dos debilidades y una pequeña esperanza.

Tanto Fujimori como López Aliaga se encuentran en caída en las encuestas, seguramente resultado de llevar tanto tiempo en el foco, el desgaste le está jugando una mala pasada a ambos, y recordemos, hablamos de encuestas que entre voto en blanco/nulo y “no sabe no contesta” sumamos alrededor de un 50% de indecisos y decepcionados, añadido a que el ratio de respuesta de las encuestas en Perú se encuentra alrededor de 1 cada 10. La segunda debilidad es que, como ocurrió en las tres elecciones en las que participó, el sur del país siempre se terminó encolumnando detrás de los outsiders anti fujimoristas, ya sean de izquierda o de derecha. No solo peligra su victoria en un eventual balotaje corrido a la derecha, sino que peligra su ingreso al mismo. La esperanza a la que se debe aferrar es igual de sólida que sus debilidades, la izquierda, centroizquierda y el centro anti fujimorista se encuentra en extremo fragmentado, y muchas veces, el sentimiento anti fujimorista deriva en un sentimiento anti-congreso que desalienta la participación.

En orden por intención de voto, Pablo López Chau, ex rector de la universidad nacional de ingeniería, Jorge Nieto, antiguo comunista y ex ministro de Defensa, y Roberto Sánchez, ex ministro de Pedro Castillo (y su sucesor político) configuran la oferta política anti fujimorista de centro-centroizquierda y disputan, en este momento, el tercer lugar en las encuestas. Los tres son competitivos, pero ninguno supera el 10% de intención de voto, no sorprendería que alguno logre colarse a la segunda vuelta.

En suma, nadie sabe lo que ocurrirá el domingo. Parece una obviedad, pero esta vez no, realmente nadie lo sabe porque no hay ninguna forma de saberlo.

Todo análisis que apunte a predecir la elección presidencial tiene que partir de la siguiente aclaración: las encuestas sobre las que analizamos el escenario preelectoral no solo son respondidas (con suerte) por 10 de cada 100 personas, sino que de esas 10, 5 o no tienen su voto definido o ya eligieron no emitirlo en favor de ningún candidato. Esto es especialmente grave considerando dos cosas, el voto en Perú es obligatorio (y vota alrededor del 70% del padrón) y el nivel de voto en blanco, a pesar de ser alto (del 12% en la última elección), no será ni cercano al que reflejan las mediciones (entre 20 y 30%).

Sin embargo, cómo no podía ser de otra manera, tengo una pequeña corazonada sobre lo que podría llegar a pasar, y es la siguiente: basado únicamente en la trayectoria en tanto a la intención de voto de los candidatos (no tanto en los números en sí) reflejada en las últimas encuestas, el subregistro en las mismas de sectores de la sociedad que cada 5 años religiosamente acuden en masa a votar y dejan mal parada a cualquier consultora, y una intuición suprasensible (y limitada) sobre cómo se ordena un electorado en extrema atomización, considero que es altamente probable una segunda vuelta entre Rafael López Aliaga -alias Porky- y Roberto Sánchez, quién concentró su campaña en una reivindación feroz del gobierno de Pedro Castillo.

En definitiva, es muy probable que, como ha ocurrido muchas otras veces en la historia peruana, la segunda vuelta no solo sea entre izquierda y derecha (categorías superfluas para comprender la política continental), sino más bien entre el campo y la ciudad. Pocos clivajes parecen más asentados en el debate público nacional y se reflejan con tanta brutalidad en las urnas (y en otro momento, en las trincheras) como este. La elección que se celebrará el domingo sólo debe indicarnos quien tomará que rol, pero quien sea vencedor de la segunda vuelta no lo será tanto por quién es ni por lo que propone, sino que lo será por cómo catalice estos sentimientos manifiestos de la sociedad peruana.