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08/03/2026

Persas, pantallas y propaganda

Por Lara Gutiérrez Fontana

Persas, pantallas y propaganda

La guerra entre Irán y la alianza de Estados Unidos e Israel está causando estragos en toda la región y solo parece agravarse con el correr de los días. ¿Qué cosas se juegan en cómo nos es transmitida por los medios?

Los líderes de los medios de comunicación afirman que sus decisiones informativas se basan en criterios profesionales y objetivos imparciales, y cuentan con el respaldo de la comunidad intelectual. Si, sin embargo, los poderosos pueden fijar las premisas del discurso, decidir qué se le permite ver, oír y pensar a la población en general, y “gestionar” la opinión pública mediante campañas de propaganda regulares, la visión estándar de cómo funciona el sistema está en total desacuerdo con la realidad.

(‘‘Manufacturing Consent. The Political Economy of the Mass Media’’. Chomsky y Herman, 2008) 

Aún si la magnitud del conflicto en curso entre Israel/EE.UU e Irán ha tomado por asalto la primera plana de casi cualquier medio hegemónico en el mundo, son pocas las crónicas comprometidas en analizar en su totalidad las múltiples dimensiones que atraviesan la disputa. 

Parte de esta miopía se debe, como es natural, al poder mediático que las superpotencias ejercen sobre la prensa occidental. Un caso particularmente ilustrativo del lobby anglosajón-sionista es la reciente adquisición de Warner Brothers Discovery —supuestamente financiada en hasta 24 mil millones de dólares por EUA, Qatar y Arabia Saudita— por David Ellison, quién desde su compra de Paramount el verano pasado lleva varios meses edificando un férreo control editorial sobre uno de los conglomerados mediáticos más importantes de la historia. La consonancia ideológica entre Ellison y Donald Trump fue un factor decisivo en posibilitar la incursión del billonario en el universo multimedial: a cambio de una resolución judicial por 16 millones de dólares, Ellison logró que la Agencia Federal de Comunicaciones trumpista aprobase sin peros la fusión inicial de Paramount-Skydance. Cómo favor con favor se paga, tras la compra procedió a efectuar un giro conservador sobre los reportajes de CBS, designando a Bari Weiss como su editora en jefe y removiendo de su programación al Late Show de Steven Colbert, luego de que éste denunciara al aire que el acuerdo era un soborno cuantioso (‘‘big fat bribe’’) o, en criollo, una coima. 

Con este último movimiento, Ellison expande su imperio empresarial para incluir HBO, PlutoTV y CNN, entre varias otras mega-franquicias. Junto a su padre Larry, el sexto hombre más rico del mundo, David es además depositario sobre un 15% de las operaciones de TikTok en Estados Unidos a través de la multinacional de software y tech Oracle Corporation. Ambos son sionistas comprometidos: Larry es uno de los patrocinadores principales de la organización Amigos de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI), trumpista declarado e íntimo amigo de Benjamin Netanyahu —llegando a prestarle su isla privada para unas vacaciones en Hawaii y hasta a ofrecerle un asiento en la junta directiva de Oracle—, quién subrayó la importancia de su compra exitosa de TikTok (y el X de Musk) como parte de las nuevas armas con las que Israel debe pelear en el terreno digital. 

El alineamiento es abierto, evidente y total: durante el último Congreso Mundial Judío en Jerusalén, el CEO designado por Ellison para TikTok, Adam Presser, describió como se intervinieron los criterios de moderación de la aplicación para designar a los comentarios críticos del sionismo como discursos de odio, es decir punibles con sanciones y censura. De esta manera se limita la capacidad de difundir, visibilizar o cuestionar las acciones de Israel en Palestina y el mundo, trazando una frontera a lo que puede y no puede decirse en una de las plataformas más usadas a nivel mundial y especialmente escogida por las audiencias más jóvenes.

Pero TikTok es solo una de las trincheras en las que los impulsores del lobby israelí libran lo que a menudo llaman ‘‘el octavo frente’’ de la batalla por la opinión pública (o guerra de información) entre el sionismo y sus oponentes, fenómeno que llegó a niveles sin precedentes tras la condena internacional generalizada que despertaron las represalias tomadas por Israel contra la población palestina ante el ataque de Hamás en octubre de 2023. Desde entonces, el genocidio palestino movilizó a decenas de miles de personas alrededor del mundo, quiénes tomaron a las calles, organizaron paros, boicots comerciales y culturales y campañas de difusión y donación masivas. Según encuestas de Gallup, un 41% de estadounidenses reportan empatizar más con los palestinos que con los israelíes, marcando simultáneamente los valores de simpatía más altos para con Palestina y los más bajos para con Israel de los que se tenga registro en los últimos 25 años. Incluso en Alemania, uno de los aliados más inflexibles del Estado judío, ⅔ de los votantes manifiestan que lo que ocurre en Gaza es genocidio.

Ante este escenario, Israel ha cuadruplicado sus fondos destinados a operaciones de influencia en el extranjero, reservas que ya habían tenido un aumento exponencial durante 2025. Alrededor de 729 millones de dólares serán invertidos en hasbara o diplomacia pública como parte de un esfuerzo sisifeano por remendar una reputación internacional pulverizada por el peso de los más de 75.000 gazatíes asesinados por la administración de Netanyahu, el 56.2% de los cuáles fueron mujeres, niños y ancianos. Éste flujo colosal de dinero se usa para financiar campañas en redes sociales, colaboraciones con ONGs, políticos, referentes de la sociedad civil e influencers, quiénes llegan a cobrar hasta 7.000 dólares por post. Medios israelíes han incluso llegado a señalar que el Ministerio de Relaciones Exteriores lanzó una campaña de 145 millones de dólares para la manipulación de chatbots de IA como ChatGPT para promover su narrativa. 

Es dentro de este contexto que el giro conservador de las redes sociales cobra especial relevancia a la hora de entender los encuadres (o framings) mediante los cuáles se filtra casi toda la información que circula sobre Medio Oriente. Tan solo unos días antes de la asunción de Trump, en enero del año pasado, la Meta matriz de Instagram, Facebook y WhatsApp reemplazó su mecanismo de verificación de datos con un sistema de notas comunitarias similar al adoptado por X, la red social cuyo algoritmo otorga una visibilidad preferencial a publicaciones racistas, engañosas o en apoyo a candidatos de extrema derecha de todo el mundo. Al eliminar la herramienta que buscaba mantener bajo control el contenido inapropiado e incitador del odio en sus plataformas, Zuckerberg se pliega a la agenda de la ‘‘libertad de expresión’’ promovida por el presidente estadounidense —cuyas cuentas eran otrora suspendidas por el carácter violento y discriminatorio de sus publicaciones— y la sustituye por un sistema de comentarios creados y votados por los propios usuarios. Es decir, ya no existe una regulación por parte de una tercera parte independiente para corroborar los hechos, sino que los mismos usuarios que día a día navegan por algoritmos promotores de narrativas ultraderechistas deben ponerse de acuerdo en cuánto de la catarata interminable de información en sus smartphones es verdad y cuánto de ella es mentira.

El sesgo adquirido por las redes sociales no es un error de cálculo ni un mero efecto colateral de políticas empresariales, sino una decisión deliberada de algunos de los hombres más poderosos del mundo. El modelo corporativo de Silicon Valley está directamente relacionado a su capacidad de retener tu atención en el télefono, granjeando likes, views e interacciones a más no poder, por lo que la divulgación de contenido polarizante está dirigida a extraer las reacciones más viscerales del usuario: indignarlo, excitarlo, atraparlo en el algoritmo. Esto normaliza la circulación de discursos minoritarios y extremistas, alguna vez castigados, fomenta la emergencia de desinformación o fake news y genera una sensación general de desconfianza ante las instituciones, la prensa y la ciencia. Dicho  alineamiento cultural, político e ideológico entre élites tecnológicas y élites gobernantes atenta contra el potencial dialógico de los intercambios en la red, restringe la capacidad de alcance de miradas críticas y pavimenta el camino hacia una lógica autoritaria de censura y vigilancia ideológica de contenidos, debilitando en última instancia al tejido democrático de nuestras sociedades. 

Aún más allá de las lógicas subyacentes al uso civil de las redes sociales se encuentra el aspecto más tenebroso y obvio de éste fatídico matrimonio entre tech bros y oligarcas: su utilidad como herramienta de control estatal directo, irrestricto y despótico sobre la privacidad y las libertades individuales sobre la población mundial. La empresa de vigilancia Palantir es el mejor ejemplo de esto. Aliada estratégica detrás de las operaciones tácticas de los gobiernos de Estados Unidos e Israel, su software es utilizado tanto para rastrear a inmigrantes indocumentados cómo para tomar decisiones sobre qué objetivos atacar desde Ucrania hasta Gaza. 

De hecho fue el análisis de MOSAIC, un software de IA creado por Palantir, lo que proveyó a la administración Trump con la justificación para escalar el conflicto en junio del año pasado. Este sistema opera principalmente mediante la realización de inferencias predictivas basadas en el análisis de patrones, lo que es igual a decir que se guía por la especulación algorítmica y no por la inteligencia ‘‘dura’’ o clásica basada en evidencia. No prueba nada, sino que sugiere lo que quizás pueda ocurrir. Las opacas suposiciones de la IA contradecían directamente todas las evaluaciones de los analistas de carne y hueso: la Directora de Inteligencia Nacional de Trump, Tulsi Gabbardi, testificó bajo juramento ante el Congreso que la evaluación consensuada de la comunidad de inteligencia estadounidense era que Irán no había buscado un arma nuclear desde 2003, mientras que el Director General de la Agencia Internacional para la Energía Atómica, Rafael Grossi, admitió que no tenía pruebas concretas sobre la existencia de un programa iraní de armas nucleares. Trump rechazó el gravamen y permitió que Israel lance su ataque sobre Irán.  

Tanto el sistema como sus dueños y gestores proyectan una posibilidad infundada que luego venden como una inevitabilidad, allanando el camino hacia una forma completamente nueva de librar la guerra, cuyas víctimas son escogidas a disposición de conjeturas digitalizadas por robots. 

Sería un error igualar más tecnología con más racionalidad. La supuesta sofisticación de la tecnología responsable de decidir quién vive y quién muere no evita la muerte de civiles y población protegida, sino que la provoca activamente. Basta ver el asesinato de casi 200 trabajadores humanitarios en Gaza en sólo cuestión de meses —más que todos los trabajadores humanitarios muertos en todas las guerras del resto del mundo en los últimos 30 años juntos— o de las 175 niñas iraníes matadas en sus pupitres de escuela para llegar a la conclusión evidente de que existen solo dos posibilidades: o los ejércitos israelíes y estadounidenses utilizan sistemas de focalización falibles al punto de la catástrofe, o regularmente deciden de forma deliberada cometer crímenes de lesa humanidad, una práctica que ya se volvió costumbre para las FDI. 

La Orientalización de Teherán (o cómo deshumanizar a 92.983.975 personas)

Si uno prende la tele es probable que vea videos de misiles surcando los cielos de múltiples países del Levante, que escuche el testimonio de argentinos expatriados contando cómo se viven las alarmas de alerta para tomar refugio o que oiga los balances sobre la situación de parte de funcionarios israelíes o exiliados iraníes opositores al régimen. Todos los analistas consultados repiten explicaciones monocromáticas y llanas sobre el devenir de la guerra, esbozan nociones totalizantes sobre el mundo árabe, el islam y modos de vida que el espectador promedio desconoce por completo. Aseveran consistentemente cosas inciertas, con poco o ningún asidero en la realidad, cómo la referencia constante de Israel siendo ‘‘la única democracia en la región’’. Normalmente es cuestión de minutos la mención de los atentados de los ‘90 como ejemplo de la volatilidad y el extremismo iraní, poco importa si su participación en los hechos jamás fue probada y las operaciones judiciales destinadas a resolver la cuestión están permeadas por corrupción, inconsistencias y sinsentidos. 

Es mucho menos probable, por no decir imposible, que el espectador se tope con imágenes o declaraciones que reflejen el costo humano abismal del conflicto, la asimetría de sus cifras o la ilegalidad de los ataques israelíes-estadounidenses, cuyas víctimas existen solo en dígitos, sí acaso. Cómo el ataque de EE.UU a un buque iraní de 200 jóvenes que regresaban de un ejercicio naval ceremonial celebrado en India entre fuerzas internacionales, incluida la estadounidense, a miles de millas de la zona de conflicto. Una fragata sin armas activas, invitada a participar en un evento naval que incluía eventos deportivos entre marineros. No solo fueron atacados y hundidos, sino abandonados a su suerte, ignorando la milenaria convención marinera de abordar a los pasajeros de embarcaciones atacadas (práctica que hasta los nazis respetaban y figura en la Convención de Ginebra). 

La brutalidad e impericia de las fuerzas armadas occidentales no parece meritoria de ser mencionada, sino que sus operaciones se narran siempre en términos de su refinado nivel tecnológico, el uso de equipamientos de último modelo y su increíble capacidad de precisión y llegada. Tal manera hollywodesca de retratar la guerra como una serie de eventos tácticos decididos por generales en cuarteles high tech opera en los hechos como una sanitización de la barbarie que oculta el nivel de destrucción causado en el terreno. Es improbable que se transmita un Pete Hegseth, ex presentador de Fox News devenido secretario de Defensa, jactándose de que la operación estadounidense en Irán no siguiera ninguna “estúpida regla de combate” a la vez que prometió ‘‘muerte y destrucción cayendo desde el cielo todo el día’’. Menos aún podría uno enterarse que Estados Unidos provee a Israel con armas internacionalmente prohibidas que no distinguen entre combatientes y no combatientes, como las llamadas bombas de vacío o de aerosol, municiones térmicas y termobáricas capaces de generar temperaturas superiores a los 3.500 grados Celsius. Éstas no matan en el sentido convencional de la palabra, sino que vaporizan a las personas al dispersar una nube de combustible que se enciende para crear una enorme bola de fuego y un efecto de vacío que destruye la materia. Es decir que ni siquiera dejan restos de quiénes asesinan. 

La narración alrededor de Irán sigue un patrón claro: se menciona una y otra vez la feroz represión del régimen iraní sobre su población y los 30.000 manifestantes asesinados en enero tanto como el carácter teocrático de su gobierno. Las connotaciones religiosas de las cúpulas occidentales son convenientemente omitidas, aunque el sionismo evangélico o nacionalismo cristiano juega un papel central en quiénes deciden las estrategias militares de EE.UU desde Bush. Esta ideología va de la mano con las facciones más radicales del sionismo judío que actualmente gobierna en Israel y sus pretensiones imperialistas de expansión, control y hegemonía dentro de la región. Según el veterano Mikey Weinstein, presidente de la Fundación para la Libertad Religiosa Militar, desde el comienzo del conflicto comandantes estadounidenses en más de 30 bases militares informaron a las tropas que la guerra con Irán forma parte del "plan de Dios" y la vincularon con el "Armagedón", con un comandante llegando a referirse a Trump como "ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán y causar el Armagedón". Weinstein afirma haber recibido más de 110 quejas similares que describen la guerra como "sancionada bíblicamente", una señal del "Fin de los Tiempos" cristiano, y asegura que muchos de sus comandantes están especialmente encantados con lo gráfica que será esta batalla, centrándose en cuán sangriento debe volverse todo esto para cumplir la escatología cristiana fundamentalista del fin del mundo al pie de la letra. 

Asimismo las denuncias sobre la naturaleza autoritaria del régimen conviven con una nula historización del país persa y la responsabilidad de Estados Unidos e Inglaterra en el golpe de 1953 que destruyó la democratización en curso, un suceso esencial para la llegada del gobierno islámico al poder. La operación, planeada y ejecutada por la CIA y el MI6, respondía a la protección del control occidental sobre el petróleo e incluyó ataques de falsa bandera, manifestantes pagados, provocaciones, sobornos a políticos iraníes y altos funcionarios de seguridad y del ejército, así como propaganda golpista. Ya en ese entonces los medios ocuparon un rol trascendental en retratar el evento, con el New York Times comentando que “los países subdesarrollados ricos en recursos ahora tienen una lección objetiva del alto costo que deben pagar si se vuelve locos de nacionalismo fanático”. 

Aún hoy es un hecho poco resaltado que los recientes ataques ocurrieron sin razón aparente y en plena interrupción de conversaciones diplomáticas entre EE.UU e Irán. Omán, el país intermediario, vió "la apertura diplomática más prometedora en años" y reportó que "estaba produciendo resultados tangibles y que un acuerdo negociado era inminente". Estados Unidos e Israel decidieron sabotear la diplomacia y asesinar al jefe de Estado iraní, quizás por sentir que no podían desaprovechar la oportunidad de matar a tantos funcionarios de alto rango como fuera posible de un tirón (tantos que Trump admitió haber asesinado a todos los candidatos considerados como posibles reemplazos a Jamenei).

La grieta se cierra cuándo de hablar de Medio Oriente se trata, con medios de todo el espectro ideológico siguiendo el mismo modelo. Amén del uso habitual al periodismo argentino, no abundan análisis que no cierren en cómodos antagonismos propios de una discusión sobre fútbol. En esos términos la amplia diversidad étnica y cultural de la población iraní se disuelve en dos sectores uniformes, extremistas islámicos que apoyan al régimen y pretenden lanzar ataques terroristas contra el Imperio y compañía o pobres víctimas indefensas que sueñan con marines que les conviden un poco de democracia y cabezas libres de velos. 

La realidad se rehúsa a ser tan sencilla, siendo muy probable que exista una enorme cantidad de personas reacias tanto a la dictadura islámica como a ser invadidos por dos potencias expansionistas cuyo historial de incursiones en apropiarse de gobiernos ajenos han sido calamitosas, dejando millones de víctimas mortales, estados fallidos y guerras civiles. A esta altura el propio Trump dejó de lado la narrativa de liberación de los pueblos para justificar sus invasiones y admite que no tiene un plan para el día después de mañana (según el senador Lindsey Graham ese no es su trabajo). En palabras de Danny Citrinowicz, ex-jefe de la sección para Irán de la inteligencia israelí, Israel quiere la "destrucción total" del gobierno iraní: "Si podemos dar un golpe de Estado, genial. Si podemos sacar a la gente a la calle, genial. Si podemos tener una guerra civil, genial. A Israel le da igual el futuro... [ni] la estabilidad de Irán".

Hoy más que nunca el diagnóstico de Baudrillard (1991) parece adquirir renovado tono profético cuando asegura que ‘‘así como la riqueza ya no se mide por su ostentación, sino por la circulación secreta del capital especulativo, la guerra no se mide por su desenfreno, sino por su despliegue especulativo en un espacio abstracto, electrónico e informático, el mismo en el que se mueve el capital’’. Esto no significa que sea irreal en el sentido de no tener efectos reales, como tampoco lo es una crisis de capital porque tenga lugar en el espacio electrónico e informático de los mercados financieros digitalizados e interconectados. Más bien, significa que el poder militar de vanguardia es ahora virtual en el sentido de que se despliega en un espacio abstracto, electrónico e informativo, y en el sentido de que su mecanismo principal ya no es el uso de la fuerza. Por lo tanto, la guerra virtual no es simplemente la imagen o representación imaginaria de la guerra real, sino un tipo de guerra cualitativamente diferente, cuyos efectos incluyen la supresión de la guerra en el sentido antiguo (Patton en Baudrillard, 1991). 

Ésta tendencia solo se ve profundizada por la creciente concentración de la propiedad tanto de las redes sociales como de los medios tradicionales en manos de magnates, dando por tierra con el potencial democrático de las nuevas tecnologías que se dilucidaba en los albores del Internet, cuando se creía que los medios interactivos lograrían dar revancha contra el control corporativo sobre el periodismo. La era en la que vivimos parece exigir nuevas formas de investigar y entender los lazos entre opinión pública, propaganda y las exigencias políticas del orden social, el rol que cumplen los medios en movilizar sesgos, los intereses a los qué responden sus formas de presentar u esconder la información y su capacidad de manufacturar consenso para la concreción de atrocidades sin parangón sobre sociedades lejanas.