27 de julio de 2026
La larga marcha hacia la modernidad
Por Thomas Degastaldi

Reseña de "El temperamento revolucionario" de Robert Darnton
El libro “El Temperamento Revolucionario”, publicado el año pasado por Robert Darnton, nos invita a emprender un largo recorrido, de 41 años a lo largo de 46 capítulos, por la germinal opinión pública de la sociedad parisina. Esta obra intenta (con gran éxito en mi opinión) trazar una genealogía sentimental de aquellas pasiones, expectativas y temores que desembocaron en los acontecimientos revolucionarios de julio de 1789, donde Darnton decide finalizar su trabajo (especialmente en una detallada descripción de los sucesos del 14 de julio, osea, la toma de la Bastilla y el aleccionador asesinato de su rector).
La obra es metodológicamente sincera, Darnton no deja lugar a especulaciones, reconoce la imposibilidad metodológica de reconstruir una historia de la opinión pública desde las clases populares, por lo que advierte en múltiples ocasiones los matices del impacto de ciertos acontecimientos o intrigas palaciegas. Sin embargo, la París de mediados del siglo XVIII parecía adelantarse a lo que se le venía y, muy lentamente, comenzaban a borrarse las espesas barreras que durante toda la «edad media» habían diferenciado a los individuos, lo que representaba también una incipiente universalización de la información. Muestra de ello fue el drástico aumento en el volumen de publicación de los diarios relevantes, cómo es el caso de la gazette de Leyde, cuya tirada oficial para la década de 1780 era de alrededor de 20.000 ejemplares.
Sin embargo los diarios seguían siendo un bien prohibitivo para el 99% de la población. El mismo Darnton se encarga de señalar en múltiples ocasiones que el precio de una copia oficial de cualquier periódico relevante era equivalente a medio día de trabajo de un jornalero (cuando una hogaza de pan de ocho libras, el consumo habitual diario por familia de la época, representaba casi el 80% del salario diario), por ende, lo que terminó de diluir la frontera entre le monde (nombre dado a la élite librepensadora parisina) y la menu peuple iba más allá de la popularización del diario, sinó que se basaba en tres mecanismos de difusión de la información.
El primero fue la pirateria. La tirada de ejemplares no oficiales de los diarios populares podía llegar a multiplicar por cinco a la tirada oficial, el mismo caso ocurre para los libro, si el obrero parisino podía llegar saber quienes eran Rousseau o Diderot se debía exclusivamente al amplio mercado de libros piratas que dominaba parís (y que por supuesto era también foco de represión por parte de la guardia francesa), que inundaba las barriadas de copias de la encyclopédie primero, y del emilio después.
El segundo mecanismo fue la transmisión oral de la información. El canillita que se ocupaba de la venta ambulante de los periódicos acompañaba su labor con un repaso a viva voz de los titulares relevantes cual pregonero. Esta era la forma primordial en que los jornaleros parisinos se enteraban de lo que debían enterarse, método eficiente pero conflictivo puesto que cuando las noticias no eran del agrado del pueblo llano lo habitual era desquitarse con el canillita, por lo que estos generalmente optaban por no dar las noticias cuando estas herían la sensibilidad del pueblo llano (cómo un aumento en el precio del pan o escándalos enmarcados dentro del «despotismo ministerial»). Dentro de la transmisión oral comprendo la difusión de canciones con contenido político largamente abordada por Darnton en el libro, pero desarrollaré sobre eso más adelante.
Por último, el tercer mecanismo de transmisión era lo que nosotros conocemos cómo el chusmerío. En el prólogo del libro Darnton advierte el alcance limitado de aquellos registros (ya sea correspondencia o boletines de noticias no oficiales conocidos cómo nouvelles á la main) que daban cuenta del on dit dans tout Paris («se dice en todo París») debido a que ese “todo” por supuesto no comprendía el mundo de los artesanos y los tenderos, sin embargo, escenas descritas por el autor cómo las diarias reuniones bajo el árbol de Cracovia en el jardín del palacio real, donde los hombres capitalinos, sin importar el estrato al que pertenecieran, intercambiaban las últimas noticias a viva voz, y la explosión de los cafés parisinos, dan cuenta del creciente (pero aún limitado) alcance del debate público. El propio Darnton no duda en señalar que el pasatiempo preferido de cualquier parisino era, esencialmente, imaginar los diálogos crudos y encarnizados que sostenían los reyes con su corte, sin importar la facticidad de los mismos.
En mi consideración el libro de Robert Darnton es un trabajo que se mueve en dos registros superpuestos pero diferenciables. Uno de ellos, y el primero con el que uno se topa al comenzar la lectura, es lo que se podría caracterizar cómo una aproximación cultural a los grandes conflictos políticos que marcaron la sociedad parisina durante los 41 años que comprende el libro. Darnton nos introduce a los modos de vida propios de esta sociedad con dos datos que serán cruciales a lo largo de toda la lectura: a los parisinos de todas las clases sociales les fascinaba fantasear con las intrigas de Versalles, dispusieran de información o no, y a su vez, todos aquellos tenían en común un corpus común de melodías (provenientes de canciones de cuna, cánticos religiosos, villancicos, etc.), a las cuales se les agregaba letra en función de las noticias, muchas veces en forma de burla hacia personajes populares, cómo recurso mnemotécnico o simplemente para difundir noticias relevantes en reuniones sociales o la vía pública.
Estas canciones, al igual que las canciones de cancha, eran extremadamente pegadizas y se difundían con exagerada rapidez por toda la ciudad. El blanco de las canciones variaba según lo que estuviese en agenda en ese momento, pero el blanco favorito, al menos hasta el recrudecimiento de la situación política, eran las amantes de Luis XV y el rey mismo. Un dato no menor es que Luis XV «el Bien Amado», fue el primer (y último) rey francés en mostrarse abiertamente con sus cortesanas.
Las acusaciones eran variadas y reproducían lo que se leía en los libelos clandestinos de la época, la supuesta disfunción eréctil Luis XV, variados escándalos sexuales, y principalmente, insultos hechos y derechos contra las amantes del rey, especialmente contra Madame de Pompadour, de quien se sospechaba que ejercía una especial influencia sobre Luis y su corte.
El escándalo más memorable, y que mejor sirve cómo muestra del impacto político de las canciones es el que derivó en la caída en desgracia del secretario de Estado de Luis XV entre 1718 y 1749, el Conde de Maurepas, quien se descubrió que había difundido una canción dirigida contra Madame de Pompadour en la cual insinuaba que Luis le había contagiado una enfermedad de transmisión sexual. Esto es abordado por Darnton en el capítulo III de la primera parte del libro.
La pata cultural del conflicto político no se limitaba sólo a canciones populares (más allá de la centralidad de las mismas debido a que, cómo escribió Beaumarchais en “las bodas de fígaro”, todo termina en canciones), sinó que extendía sus raíces hacia la letra escrita. Al contrario de lo que uno pudiese intuir, los libros que gozaban de especial éxito entre el público ilustrado y la menu peuple (que accedía a ellos mediante el alquiler semanal de páginas) no eran los que contaban con contenido explícitamente político, sino que aquellos que gozaban con verdadera popularidad y reconocimiento para el público general (que por más general que fuese no era más que el 2% de la población francesa, debido al elevado analfabetismo) eran las novelas.
El libro da cuenta de esto en el capítulo 11, donde Darnton describe el profundo impacto que tuvo “Julia, o la nueva Eloísa” de J.J Rousseau, muy por encima del impacto social que pudo haber tenido “el contrato social” al momento de su publicación. El conflicto político hasta bien entrada la década de 1780 se presentaba de forma casi indiferenciada del “conflicto moral” en el que la nación europea había quedado atrapado desde las guerras de religión (finales del siglo XVI), por ende, la ficción se presentaba cómo la forma más eficaz de interceder en el debate público en términos de moralidad, usualmente poniendo en jaque los preceptos de la iglesia galicana.
La Nueva Eloísa de Rousseau, Cándido de Voltaire o Cartas Persas de Montesquieu fueron obras considerablemente más relevantes que cualquier tratado político de la época más por lo que sugerían que por lo que explícitamente decían dichas obras. Ya sea en forma de un romance entre individuos de estamentos diferentes, un joven cuyo “optimismo epistemológico” lo lleva a ignorar los horrores del mundo o la historia del despotismo de los sultanes y sus cortes, estas obras penetraban en el inconsciente mediante un ejercicio de extrañamiento, lo natural se volvía explícito mediante la ficción con una eficacia envidiable.
A medida que el libro avanza los intervalos entre capítulo y capítulo se vuelven más cortos y el foco, que no deja de ser la metamorfosis de la opinión pública parisina, se corre levemente de los textos, las canciones y las comedias teatrales y se concentra en el conflicto político en sí. Los grandes debates de la época estaban atravesados por los aumentos en el precio del pan, las velas y otros productos de subsistencia, el invierno más frío del que se haya tenido registro, el aumento de la conflictividad en las calles y, lo más polémico de todo, la solvencia fiscal de la corona.
Son estos los acontecimientos que marcarían el comienzo del fin del antiguo régimen, representado en el hito de la convocatoria a los estados generales realizada por Luis XVI en el edicto del 24 de enero de 1789. Los últimos 13 capítulos del libro tratan este lapso de 171 días entre dicha convocatoria, en la cual se heriría de muerte la monarquía absoluta (o en términos más precisos, el Estado de tipo fiscal-militar-dinástico), y la toma de la bastilla, suceso con el que Darnton termina su trabajo.
La selección de debates que realiza el autor para ese período es absolutamente atinada, no puede escribirse nada sobre la revolución francesa sin contemplar los grandes debates de esos 6 meses, a saber: la vuelta de Jacques Necker cómo salvaguarda de la relación entre la burguesía y la nobleza, los debates por la soberanía, la cuestión de los impuestos, los privilegios del clero, el hartazgo de los campesinos, el debate sobre el voto por cabeza o por estamento, etc.
Ambos registros (el cultural y el acontecimental) son igualmente útiles para comprender qué fue lo que se produjo en el seno de la opinión pública que derivó en la operación central que trata de ilustrar Darnton, el pasaje de la indignación llana y desmovilizante a la ira revolucionaria. De las lágrimas a la violencia.
El libro es brillante, su estructura lo vuelve muy sencillo de leer y, a pesar de ser prácticamente un best-seller, es analíticamente profundo. A pesar de no ser un trabajo que esté orientado al público especializado (esencialmente académico) se deja entrever en toda la extensión del libro un trabajo de investigación exhaustivo al nivel de su producción “profesional” (a pesar de que el elige prescindir de cualquier referencia a la misma, pasando por alto hechos que ya ha trabajado y comprende el mismo periodo, cómo los descritos en la gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa).
