31 de mayo de 2026
El verso de la representación
Por Guido Tamer

O cómo las instituciones mismas la debilitan.
A mediados de 2023, cuando los candidatos a Presidente ya estaban definidos, los analistas, consultores y periodistas hicieron, salvo alguna excepción, los peores pronósticos electorales de la historia de la humanidad. No hace falta repetirlos todos, pero con recordar que en mayo parecía que Horacio Rodríguez Larreta sería presidente, alcanza.
Sin embargo, en algunos sectores del peronismo había raptos de lucidez y aparecía una pregunta, con cierta ironía - que, como señala Kierkegaard, la ironía entendida como una posición existencial que ibera al sujeto de las ataduras de la realidad: “¿a quién votarías en un ballotage entre Bullrich y Milei”. La opción de Massa perdiendo en primera vuelta era un fantasma que sobrevolaba.
La victoria de Javier Milei no era del todo fácil de avizorar. Pero ocurrió. Y lo hizo de tal manera que incluso a muchos electores propios les generó cierta incomodidad. Así fue como ellos mismos comenzaron con la búsqueda de algunos paliativos que, en realidad, eran placebos.
“No va a hacer lo que dijo en campaña” era uno. Una frase que permitía al votante incómodo creer que el candidato al cual había votado justamente por lo que decía que iba a hacer, finalmente no lo haría. ¿Por qué? ¿Por un abrupto cambio de opinión, o por una constricción institucional que le impidiera tomar ciertas decisiones?
La segunda pregunta se contesta con otro placebo, quizá el más utilizado: “El Congreso no lo va a dejar”. O sea digamos, el peronismo en el Congreso no lo va a dejar.
A pocos días de asumido, este humilde servidor puso en la red social X:

Lo cierto es que la institucionalidad en la Argentina, más que restrictiva bajo gobiernos no-peronistas, es habilitante.
No es una novedad ni una sorpresa que algunos gobernadores peronistas del interior negocien en ambas cámaras las leyes presentadas por el gobierno nacional, y no las rechacen de cuajo, como demanda el 30% de la sociedad.
Hay lujos que la política ofrece a los gobernadores solo cuando en Casa Rosada hay uno del mismo palo: contraintuitivamente, para un gobernador es más fácil negociar con dureza y empardar la influencia del Presidente cuando ambos provienen de la misma extracción política que cuando se trata de un Presidente de otra procedencia partidaria. ¿Por qué? Por dos motivos:
- El Presidente necesita hacer llegar su influencia al territorio provincial, y el vehículo que tiene para ello es el propio gobernador. Confrontarlo es contraproducente. Revísese la relación entre el peronismo cordobés y Cristina Fernández de Kirchner en la presidencia.
- El costo que puede pagar el Presidente por restringir fondos a una provincia gobernada por su propio partido es mucho más alto que el costo que pagaría un Presidente de otro partido.
Ahora bien, cuando el gobernador se encuentra con un Presidente que no es del mismo palo, la cosa se complica, principalmente porque la canilla de recursos de coparticipación (y otros) la controla Casa Rosada. Tan simple como eso. Y un Presidente de otro color puede estar dispuesto a restringir obras y recursos en provincias hostiles, y redireccionarlos a provincias más amigables.
Sin embargo, acá es donde la dimensión humana importa tanto como la dimensión política: cómo trate el gobernador al presidente en público, y la personalidad de ambos, condiciona fuertemente el curso de los acontecimientos.
Impresiona leer los Discursos, de Nicolás Maquiavelo, en donde narraba cómo Apio Claudio había logrado, primero, influir lo suficiente sobre el Decenvirato para tallar en piedra dos nuevas leyes, y luego aprovechar la cultura propia del Senado para que no se opusiera:
“El Decenvirato hubiera perdido toda autoridad de no ser porque el Senado, movido por su resentimiento hacia la plebe, no quiso ejercer su autoridad.”
- Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera Década de Tito Livio, p. 166.
En este punto, es donde la institucionalidad y las instituciones en sí se convierten en un concepto de análisis maravilloso para el análisis politológico, pero cuyos efectos comienzan a ser nocivos para el lazo de representación.
“El pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”, establece el artículo 22 de la Constitución Nacional, y lo cierto es que uno escucha y observa lo que ocurre, principalmente, en la Cámara de Diputados, y hay solo dos sectores que deliberan acorde a ese lazo: la bancada estrictamente kirchnerista y la bancada libertaria.
En ese contexto, queda un grupo de entre 20 y 30 diputados cuyo lazo de representación con los ciudadanos depende de las decisiones que tomen los gobernadores de sus provincias (los miembros del Decenvirato) en función de las necesidades de recursos y no las lealtades hacia sus votantes.
En el capítulo 32 de House of Cards se produce un diálogo interesantísimo entre Frank Underwood, ya Presidente de Estados Unidos, y Viktor Petrov, Presidente de Rusia, en relación a un manifestante LGBTIQ+ estadounidense que es detenido en Moscú por romper la Ley de Propaganda Gay.
El caso del detenido es crucial porque la manera en la cual se resolvería determinaría si el acuerdo militar pactado horas antes entre ambos se firmaría o no.
En ese marco, para liberarlo, Petrov pide que el detenido lea en conferencia de prensa una nota en la que reconoce haber pervertido la ley rusa. Underwood le dice que eso no ocurrirá, pero que puede leerla él mismo. Petrov no acepta: “Que diga esas palabras muestra que respeta nuestras leyes.”
Petrov: - Yo no quiero que el acuerdo se caiga. Pero tengo que pensar en algo más que el acuerdo. Tengo que mostrar solidez.
Underwood: - Nadie verá esto como una debilidad. Al contrario, lo aplaudirán por dejarlo libre.
Petrov: - ¿Quién aplaudirá? ¿Occidente? Usted no entiende Rusia, Presidente. Si a la gente [de EE.UU] no le gusta cómo usted hace su trabajo, lo saca con votos. Si a la gente aquí no le gusta cómo hago mi trabajo, derriba estatuas. Se derrama sangre. ¿La Ley de Propaganda es barbárica? Sí, lo es. Pero para la mayoría de mi gente la tradición y la religión está en su sangre. Esta ley se aprobó por ellos. Tengo que representar a mi gente igual que usted.
Underwood: - No habrá una revolución porque libere a un hombre.
Petrov: - La revolución se avecina un paso a la vez.
Este diálogo es revelador porque explica muy precisamente lo que significa la representación. Petrov, aún sabiendo que esa Ley era terrible, debía defenderla en público porque se debía a su pueblo. No por ética, no por altruismo, sino por las consecuencias.
No hacer respetar el mandato popular -que además impactaba en una fibra sensible en términos sociales-, podía generar un conflicto de envergadura tal que, incluso, el mismo Petrov estaría en riesgo.
Más importante que el cargo y que cualquier acuerdo de cúpulas es, entonces, la representación.
En la Argentina, hace tiempo que no hay estatuas derrumbadas. Los representantes pueden fisurar el compromiso con la ciudadanía, y no sufrirán consecuencias ni políticas ni institucionales por su transfuguismo.
Por eso mismo es que Sergio Massa pudo volver en 2019 a compartir boleta con CFK, y luego ser el candidato en 2023 del peronismo unificado.
Por eso también, después de una reciente reunión con CFK, Miguel Ángel Pichetto empieza a posicionarse nuevamente como voz autorizada del peronismo, como si su candidatura a vicepresidente con Mauricio Macri a la cabeza nunca hubiera ocurrido.
Por eso también vuelve Diego Bossio y se reúne con diputados de Unión por la Patria; o Guillermo Moreno ahora dice que con Axel Kicillof está todo más que bien, después de haber dicho durante 10 años que fue el responsable de que ganara Macri en 2015.
¿Y las consecuencias por qué no existen? Porque, en realidad, lo que existen son los elementos institucionales que las mitigan.
Massa, Moreno y Pichetto, cuando se ofuscaron con la conducción de CFK, rechazaron su conducción y armaron sus propios partidos. Massa tempranamente en 2013; Moreno y Pichetto, algunos después de haberse ido.
A su vez, el sistema de representación proporcional les permite presentarse a elecciones con partidos nuevos y/o chicos y competir solos o al menos armar alianzas con otros e ir en coalición electoral.
Si logran acceder a una banca, una vez en el Congreso no le deben nada a nadie. Se arman un monobloque, o un bloque más amplio de huérfanos y legislan.
Si después deciden volver a encolumnarse detrás del liderazgo que antes rechazaron, el sistema de listas cerradas y bloqueadas permite que, si los líderes partidarios acuerdan, quien transfugueó en el pasado puede volver a ocupar un lugar en esa lista, y el votante duro de ese espacio no tendrá más remedio que votarlo aunque no quiera. El clásico tragarse un sapo.
Son las propias instituciones legislativas, electorales y partidarias las que no solo no penalizan las acciones que debilitan la representatividad, sino que las habilitan, y hasta en cierto punto, las estimulan.

Este artículo fue publicado el 10 de marzo del 2026 originalmente en el Substack "El pasillo" de Guido Tamer (https://substack.com/@guidotamer).
