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15/03/2026

Donde Deleuze y Engels se encuentran

Por Alex Taek-Gwang Lee

Donde Deleuze y Engels se encuentran

El materialismo energético que cruza las concepciones de dos autores fundacionales para sus épocas, explorados por Taek-Gwang Lee.

El surgimiento de la termodinámica en el s. XIX alteró fundamentalmente las concepciones filosóficas sobre la materia. Las primeras dos leyes de la termodinámica —la conservación de energía y el aumento de la entropía— revelaban un universo gobernado por intercambios de energía dinámicos, más que por mecánica estática. Sin embargo, estas leyes parecían predecir la exhaustación inevitable del cosmos, culminando en un equilibrio final o ‘‘muerte térmica’’. Friedrich Engels desafió esta interpretación fatalista, argumentando que fallaba en considerar la importancia de la energía. Engels, adoptando una perspectiva dialéctica, reinterpretó la termodinámica como una filosofía de producción más que de declive, tomando a la energía como el pulso dialéctico de la materia que une la conservación y la transformación.

En Dialéctica de la Naturaleza (1873-1886), Engels apuntó a incorporar los descubrimientos científicos contemporáneos al materialismo marxista (Engels, 1883). Allí interpreta la primera ley de la termodinámica como evidencia de la ‘‘indestructibilidad del movimiento’’ y la segunda ley como reveladora de la transformación irreversible de las formas. Juntas, estas leyes encarnaban la unidad dialéctica de constancia y cambio. Engels sostenía que la energía no es una cantidad estática sino la ‘‘auto-actividad de la materia’’, un proceso continuo de conversión entre formas físicas como la temperatura, el movimiento y la electricidad. Como él mismo afirma, ‘‘el movimiento en sí mismo es una contradicción’’: ‘‘reposo y movimiento, identidad y diferencia, son inseparables’’ (“Anti-Dialéctica, el movimiento como contradicción”, n.d.).

Por lo tanto, la energía encarnaba a la propia dialéctica: al mismo tiempo conservaba y transformaba, negaba y renovaba. La aparente entropía observada en sistemas físicos no significaba el declive universal sino que en cambio revelaba el dinamismo histórico de la naturaleza. En oposición a la hipótesis mecanística de la ‘‘muerte térmica’’ propuesta por Clausius y Kelvin, Engels argumentó que la disipación de la energía en una región invariablemente genera gradientes en otro lugar. (“Materialismo y el método dialéctico”, n.d.). La naturaleza, en este marco, no es un sistema cerrado tendiente al equilibrio sino una totalidad abierta, infinita inmersa en continua auto-renovación. La entropía, por lo tanto, representa un momento temporal de negación dentro de un ciclo más amplio de regeneración. 

De esta forma, el enfoque de Engels historizó el concepto de energía, encuadrándolo no como una sustancia metafísica sino como el medio de transformación que conecta procesos inorgánicos con orgánicos. En Dialéctica de la Naturaleza, extendió esta lógica para incluir vida y pensamiento, postulando que la energía de los seres vivos significa la transformación, y no la abolición, de la energía física (Engels, 1883). La consciencia, en esta mirada, emerge del movimiento dialéctico de la energía a través de la materia, culminando en el trabajo y la producción social. Consecuentemente, la historia humana se condice con la energía natural; la transformación de la energía en trabajo es espejo de las transformaciones de energía en el mundo físico. Para Engels, tanto la producción social como natural constituyen procesos energéticos de negación y renovación (Zwart, 2022).

Un siglo después, la proposición de Engels reemerge en el trabajo de Deleuze, aunque en un contexto transformado. Como Engels, Deleuze rechaza la interpretación de la termodinámica como una ciencia de agotamiento y en cambio conceptualiza la energía como el principio fundamental de producción. No obstante, Deleuze reencuadra este materialismo energético no en términos dialécticos sino como un campo diferencial de intensidades que continuamente generan nuevas formas. Aunque Deleuze también trata a la energía como un principio de producción, rompe con el encuadre dialéctico de negación de Engels. 

En Diferencia y repetición (1968), Deleuze diferencia entre magnitudes extensivas e intensivas. Las cantidades extensivas, como masa, volumen y temperatura, caracterizan estados estables y mensurables, mientras que las magnitudes intensivas, incluyendo presión, potencial y diferencia, definen los gradientes que impulsan cambios. En este marco, la energía no es primariamente una cantidad conservada sino una magnitud que diferencia. Sirve como la fuente de la individuación, descrita como ‘‘la diferencia que es la razón suficiente de todo fenómeno’’ (Deleuze, 1994). 

Deleuze thereby transforms the thermodynamic concept of energy into a metaphysics of difference. While classical thermodynamics views energy as tending toward equilibrium, Deleuze conceptualises the universe as sustained by non-equilibrium, maintained through the productive tension of intensities. In this perspective, entropy does not symbolise decay but instead signifies the redistribution of potential across the field of difference. Dissipation becomes a precondition for novelty, as each expenditure of energy generates new gradients and possibilities for transformation.

Así, Deleuze transforma el concepto termodinámico de energía en una metafísica de la diferencia. Mientras que la mirada clásica de la termodinámica ve la energía como tendiente al equilibrio, Deleuze conceptualiza al universo como sostenido por un no-equilibrio, mantenido mediante la tensión productiva de intensidades. En esta perspectiva, la entropía no simboliza el declive tanto como la redistribución de potencial a través del campo de diferencia. La disipación se vuelve una precondición para la novedad, a la vez que cada gasto de energía genera nuevos gradientes y posibilidades para la transformación.

Para Deleuze, la energía no es una unidad o totalidad sino una multiplicidad. No reconcilia a los opuestos sino que prolifera las diferencias. Su ontología de la energía rechaza tanto el modelo mecanístico de sistemas cerrados como al modelo dialéctico de síntesis cíclica. El mundo es un campo de producción inmanente, un ‘‘plano de consistencia’’ en el que las intensidades se recombinan continuamente sin equilibrio último. De esta forma, Deleuze ofrece un repensamiento radical de la energía. Vida y pensamiento no son formas excepcionales de organización sino expresiones de la misma creatividad energética que impregna a la materia. El sujeto humano se vuelve una configuración entre muchas en un proceso universal de producción. Como él y Guattari lo postularon, ‘‘la producción está en todos lados … es la producción de la producción en sí misma’’. La energía es la sustancia material y afectiva de esta producción: el movimiento de deseo, materia y diferencia. 

Tanto Engels como Deleuze abogan por una interpretación no-mecanística de la energía, aunque ambos divergen fundamentalmente en sus respectivas conceptualizaciones. Para Engels, la energía encarna la unidad de opuestos en una totalidad —conservación y transformación, ser y devenir— asegurando así tanto la permanencia de la materia y su desarrollo histórico. En contraste, Deleuze concibe la energía como diferencial más que dialéctica; posee solo variaciones, no opuestos. Sus transformaciones no retornan a la unidad sino que abren nuevas trayectorias del devenir. La ontología diferencial deleuziana interpreta la producción como la creatividad inmanente de la energía, disolviendo los límites entre actividad humana y no-humana y privilegiando la discontinuidad. La relevancia contemporánea de Engels y Deleuze es evidente en sus implicancias ecológicas. El foco de Engels en la interdependencia de energía social y natural anticipa la teoría de sistemas ecológicos, que conceptualiza a la biosfera como una red de intercambios de energía y mecanismos de retroalimentación. Su crítica de la hipótesis de ‘‘muerte térmica’’ se alinea con los rechazos actuales de modelos lineales de colapso ecológico, proponiendo en cambio que la difusión y la renovación coexisten dentro de los ciclos planetarios.

La perspectiva de Deleuze se basa en el ‘‘vitalismo corregido’’, que toma a la vida como una propiedad emergente de la diferenciación energética. Su concepción de la energía como una intensidad creativa es paralela a teorías contemporáneas de auto-organización y dinámicas de no-equilibrio. Isabelle Stengers caracterizó luego a la metafísica de Deleuze como una ‘‘cosmología del devenir’’, donde la irreversibilidad de la energía no es una tragedia sino una precondición para la invención (Prigogine & Stengers, 1984). En consonancia con Engels, Deleuze sostiene que el planeta no es un sistema pasivo sino un campo de producción.

Tanto Engels como Deleuze transforman la física de la energía en una filosofía de producción, aunque mediante encuadres distintos. Engels interpreta dialécticamente a la energía: conserva mediante la transformación y niega mediante la renovación. Por lo tanto, cada pérdida aparente o disipación es integrada en un ciclo más amplio de regeneración, con la energía encarnando el ritmo de contradicción y resolución. En contraste, Deleuze conceptualiza a la energía como el efecto de la diferencia, producido por divergencia y disipada. En vez de retornar a la unidad, cada gasto de energía inicia nuevas trayectorias de diferenciación, de modo que lo que aparece como pérdida desde una perspectiva termodinámica se convierte, en los términos de Deleuze, en la misma condición necesaria para la aparición de nuevas formas. 

En resumen, Engels y Deleuze refutan la imagen de la energía como exhaustación y la afirman en cambio como el poder de creación. En este sentido, ofrecen dos respuestas complementarias a la imaginación termodinámica: la energía de contradicción de Engels y la energía de intensidad de Deleuze. Cada una revela que el cosmos no está condenado a la entropía sino animado por ella, y que la energía, lejos de disminuirse en el equilibrio, es la capacidad del mundo de renovarse a sí mismo.