14 de junio de 2026
Contar, clasificar, gobernar
Por Mailén García

Los orígenes políticos de la estadística moderna
Artículo publicado originalmente el 17 de mayo del 2026 en el Substack de @maigarcía . Agradecemos su predisposición y apoyo.
¿Cómo están? ¿Cómo llevan estos tiempos? Espero que se encuentren lo mejor posible dadas las circunstancias.
En la entrega de hoy quiero detenerme en el surgimiento de la estadística moderna. Me parece importante hacerlo en un momento como este, en el que el presente aparece muchas veces como una especie de carrera permanente hacia la innovación, en la que todo parece orientado a lo nuevo, lo disruptivo y lo que viene. En ese clima, volver sobre la historia me parece políticamente importante. La historia ofrece perspectiva y nos brinda herramientas para comprender cómo cambian las sociedades y cómo se consolidan ciertas formas de producir conocimiento.
Por eso creo que vale la pena estudiar con más atención la historia de la estadística y también la historia de la computación si queremos entender mejor el presente. En particular, me voy a centrar en la estadística, el campo que mejor conozco y sobre el que me interesa compartir algunas lecturas. Por cierto, si están leyendo sobre la historia de la computación, me encantaría recibir recomendaciones.
Adentrarnos en la historia de la producción de datos permite comprender bajo qué condiciones surgieron prácticas que hoy nos resultan tan familiares como la recopilación sistemática de información, la clasificación de poblaciones o el diseño de instrumentos como censos y encuestas. En este recorrido me voy a concentrar en lo que suele llamarse el “mundo occidental”, simplemente porque es el ámbito sobre el que existe mayor bibliografía en español y el que mejor conozco.
Desde luego, contar poblaciones, registrar mercancías o llevar inventarios de ganado no es algo nuevo. Existen tablillas administrativas, registros fiscales y listados de población desde los primeros sistemas de escritura en Mesopotamia, Egipto o China. Los imperios antiguos desarrollaron diversas formas de registro para organizar tributos, movilizar ejércitos o administrar territorios.
La estadística moderna, sin embargo, surge mucho más tarde. Su consolidación ocurre recién en el siglo XIX y se apoya en la convergencia de dos tradiciones inicialmente separadas. Por un lado, una tradición matemática vinculada al desarrollo del cálculo de probabilidades y a los métodos utilizados en las ciencias de la naturaleza para estimar regularidades a partir de observaciones empíricas. Por otro, una tradición administrativa ligada a la expansión de los Estados europeos y a su creciente necesidad de conocer, clasificar y gobernar poblaciones cada vez más amplias.
“La estadística moderna es la obra de la reunión de prácticas científicas y administrativas inicialmente alejadas unas de otras” (Desrosières 2004:23)
La propia palabra estadística refleja bien ese origen. Proviene del término alemán Statistik, que en el siglo XVIII designaba un tipo de conocimiento descriptivo del Estado. En las universidades alemanas, la Statistik reunía información sobre la organización política, económica y social de los distintos territorios europeos. Era, ante todo, una forma sistemática de describir el funcionamiento de los Estados.
En paralelo, en Inglaterra se desarrollaba otra tradición conocida como political arithmetic. Allí, autores como William Petty o John Graunt comenzaron a utilizar cálculos, estimaciones y registros para analizar fenómenos como la mortalidad, el crecimiento de la población o la riqueza de las naciones. Este enfoque introdujo el uso sistemático de los números para describir procesos sociales.
Cada una de estas tradiciones aportó algo distinto a la formación de la estadística moderna. En Inglaterra se desarrollaron los cálculos y la posibilidad de aplicar herramientas matemáticas, como el cálculo de probabilidades, al análisis de problemas primero económicos y luego sociales. En Francia se consolidó el uso sistemático de censos y encuestas, favorecido por la existencia de un Estado altamente centralizado que requería información periódica sobre su población. Alemania, por su parte, legó el nombre de la disciplina y una tradición intelectual más descriptiva y filosófica sobre el conocimiento que el Estado debía tener de su territorio y de su población.
Sobre estas trayectorias, sus cruces y sus transformaciones escribe Alain Desrosières en un libro clave que recomiendo mucho, La política de los grandes números.
Durante los siglos XIX y XX, las prácticas estadísticas se fueron profesionalizando y sofisticando cada vez más. La expansión de las burocracias estatales, la creación de oficinas nacionales de estadística y la institucionalización de censos periódicos consolidaron la producción de información cuantitativa como una función central del Estado moderno.
La crisis económica de 1930 marcó otro momento decisivo. En ese contexto, Estados Unidos introdujo dos innovaciones fundamentales. Por un lado, la construcción de series estadísticas regulares para medir fenómenos como el empleo y el desempleo. Por otro, la incorporación sistemática de técnicas de muestreo aleatorio para el diseño de encuestas, lo que permitió producir información confiable sin necesidad de relevar poblaciones completas.
Sin embargo, la expansión de las técnicas estadísticas no se limitó al Estado. Por ejemplo, en la Francia prerrevolucionaria, la totalidad de los registros administrativos solo podían ser leídos por el rey. Esta restricción dio lugar a que, en los espacios de socialización burgueses donde circulaban las ideas de la Ilustración, surgieran academias, sociedades científicas y asociaciones privadas interesadas en recopilar información sobre fenómenos naturales y sociales. De hecho, Francia es uno de los países en los que aún hoy existe una fuerte tradición estadística impulsada por ámbitos no estatales.
Algo similar ocurrió más tarde con el movimiento obrero. A fines del siglo XIX, los sindicatos comprendieron rápidamente que la producción de datos podía convertirse en una herramienta política poderosa. Comenzaron a elaborar registros sobre salarios, jornadas laborales y condiciones de trabajo para documentar las situaciones de explotación que experimentaban los trabajadores. Esos datos se utilizaron para sostener huelgas, negociaciones colectivas y demandas políticas. Muchas de las estadísticas laborales actuales tienen su origen en ese tipo de iniciativas impulsadas por organizaciones obreras.
A medida que las ideas democráticas e igualitarias comenzaron a expandirse, la estadística también adquirió un nuevo significado político. Los promedios, las tasas y los indicadores empezaron a funcionar como herramientas para pensar a la sociedad en términos de igualdad entre las y los ciudadanos.
Traigo esta historia a colación porque en nuestros días los gobiernos y las empresas utilizan los datos para vigilar, controlar e incluso perseguir a las poblaciones. Sin embargo, esta realidad está muy lejos del origen de la estadística. En sus comienzos, estas herramientas formaron parte de un proyecto de modernización del Estado orientado a comprender mejor lo que ocurría en la sociedad y, en muchos casos, a mejorar las condiciones de vida de las poblaciones. ¿Es hora de recuperar el pasado? ¿De reivindicar otros usos de los datos? Si me preguntan a mí, creo que sí. Y por eso escribo. Escribo para que seamos cada vez más quienes pensamos en la política del dato.
Si les interesó y quieren profundizar en el origen de la estadística, les recomiendo especialmente dos lecturas. De Alain Desrosières, La política de los grandes números, que reconstruye la historia política de la estadística moderna, y de Hernán Otero, Estadística y nación, en el que se analiza cómo se desarrollaron los sistemas estadísticos y los censos en la Argentina.
Hasta la próxima 💜
Un abrazo,
