Menú
01Inicio02Nosotros03Contacto
Cisma Dossier
Inicio

5 de agosto de 2026

Como Europa Usufructúa Trabajo Ajeno, o CEUTA

Por Lara Gutiérrez Fontana

actualidad internacionaláfrica del norteespañaestados unidosisraelunión europeainmigraciónrefugiados
Como Europa Usufructúa Trabajo Ajeno, o CEUTA

«La situación es tercermundista. Estamos desbordados». Con esas palabras describió un guardia civil la instancia en la que por lo menos 75 (para ser cautelosos, porque la cifra estimada ya ronda las 90) personas murieron la semana pasada intentando pasar de Marruecos a España en el paso de Ceuta -sin contar las 17 que, se teme, han muerto en el mar intentando llegar a las Islas Baleares, pasajeros de cuatro embarcaciones de migrantes con 88 personas a bordo-. Semejante descripción encierra, en una corta oración de 4 palabras, todo el orientalismo racista que nutre a la nación española y a Europa en su conjunto, funcionando como un tubo de ensayo del estado actual de las sociedades europeas en su debacle contra la inmigración masiva. 

Ceuta como significante de la Europa contemporánea

Y es que lo que Ceuta revela es algo aún más profundo:

Las grietas de un sistema que tolera a los inmigrantes sólo en tanto pueda utilizarlos como moneda de cambio, como proveedores de servicios baratos o aún como token de una inclusión forzada e impostada que compensa, en el ideario liberal-progresista europeo, las claras falencias estructurales y la carencia de la voluntad y capacidad política para poner en marcha reformas reales, integrales y profundas, que lleguen al hueso de la cuestión y resuelvan, así, la vida y la muerte de miles de millones de migrantes y refugiados que año a año asolan las costas de la gran Europa, jugándose todo en ese empeño mortal. 

 

Imagen del artículo

Cortesía de Europa Press 

En los últimos meses, la Unión Europea endureció considerablemente su legislación migratoria a través del Nuevo Pacto sobre Migración y Asilo que, entre otras medidas, permite a los Estados miembros enviar a los solicitantes de asilo rechazados a centros situados fuera de las fronteras comunitarias, los llamados "centros de retorno". Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, aprovechó el momento para tirar un dardo en una carta al gobierno de Pedro Sánchez: "A partir de este incidente, queda claro que debemos hacer más para reforzar nuestras fronteras en los puntos críticos". Ya a principios de mes España instaló una barrera flotante en Ceuta tras recibir cierta afluencia de . migrantes.

La realidad es que Europa no quiere migrantes, y no por eso va a dejar de tenerlos. Ignorar el problema de la migración transnacional como fenómeno global contemporáneo que solo se ve exacerbado a partir de las dinámicas a las que el sistema internacional se ve sometido desde 2020 en adelante es un canto de sirenas. Los migrantes no van a dejar de existir ni van a dejar de, justamente, migrar. En cambio las razones que hacen que la gente elija deliberadamente abandonar la tierra que los parió y el hogar que han construido, toda la familiaridad que han podido recoger en este mundo inhóspito y hostil, simplemente seguirán agravándose, e incluso es de esperar que nuevas (y peores) razones trasciendan con el correr de los tiempos, visto como está todo hoy por hoy. Pero Europa, de nuevo, no quiere inmigrantes, quiere peones. Europa quiere un puñado de marrones -bien contabilizados, no demasiados- que le permita pensarse avanzada, cosmopolita, la cúspide de la Cultura y la Ilustración aún, la máxima ejemplar de la Humanidad en estado puro. Pues bien, si eso es lo que quiere, es solo para tapar el fétido olor de su repugnante cuerpo muerto, de su decadencia insalvable y su mediocridad absoluta, avasallante, que tanto ha intentado enmascarar con palabras bonitas y buenos artistas. Adivinen qué, europeos: no son los únicos, ni los mejores, en esta Tierra. No son superiores, no son más refinados, no son (por nada) más inteligentes ni más capaces que el resto de nosotros, meros mortales efímeros. Hablamos de un continente en abierto declive hace décadas, sin rumbo claro ni fijo, sin la capacidad siquiera de lograr que sus propias gentes dejen de llevarse navajas al cuello por cualquier absurda fanfarria del momento. 

Son, incluso, más bajos que la gente que tanto desprecian, porque al menos esas personas que acuden a buscar nuevas vidas en sus tan altos países son conscientes de su propia vulnerabilidad, de las carencias acumuladas a través de años de imposibilidad material y descarte sostenido por parte de todas las estructuras que, se supone, debían sostenerlos. Son gente que entiende sus propios puntos débiles y, de seguro, los reconoce sin problema alguno. No se mienten; he ahí la diferencia fundamental entre un tercermundista pobre, oscuro e iletrado y un europeo blanco, rico y formado. El primero sabe bien quién es y qué es, en el cruel mundo que nos toca habitar. El segundo, en cambio, aunque la realidad le grite a cada segundo su cruda verdad, prefiere pensarse a sí mismo empático, de mente abierta, de gran corazón y mejor aún intelecto. En realidad, jamás se dejará aceptar que siente, en el fondo de sus entrañas, que algo lo separa y divide (y dividirá por siempre) de los otros. Pueden venir, sí, pero a lavar los platos y los baños. Pueden entrar, seguro, pero que vivan en los barrios periféricos y se mantengan encerrados en sus comunidades absurdas y jocosas, sus jolgorios inentendibles y sus idiomas ruines. Vengan, muchachos, pero a hacerme la comida y traérmela en delivery, truene, llueva o relampaguee. 

Eversberg (2018) ya reconoce la futilidad de los partidos políticos actuales en desarrollar una respuesta real ante la incógnita de la migración masiva al distinguir entre dos orientaciones: el “neoliberalismo progresivo” de aquellos que se benefician de la globalización neoliberal y, por lo tanto, luchan contra fronteras económicas y discriminación racista, y los nacionalistas-autoritarios comunes y corirentes de la derecha internacional. A pesar de que parezcan oponerse, en la práctica ambas orientaciones parten de la base de un modo de vida imperial que está enfrentando, cada vez más a menudo, los problemas que él mismo provocó. Mientras los autoritarios aspiran exclusivamente a defender este modo de vida aumentando la protección fronteriza y promoviendo un nacionalismo económico, los neoliberales tratan de modernizarlo a través de mercados globalizados y competencia tecnológica. Según este diagnóstico, un requerimiento crucial para la izquierda consiste en crear un tercer movimiento de solidaridad global que enfrente las múltiples crisis a través de la superación del modo de vida imperial. En verdad, el progresismo instruido europeo, como el primermundista en su conjunto, por mejores intenciones que tenga aún funciona con marcos de referencia eurocéntricos y, por lo tanto, coloniales de cuajo. Esto limita su potencial político para poder enfrentar de manera efectiva y nítida aquellas deformaciones del capitalismo histórico en su faceta contemporánea -aquella del más feroz neoliberalismo transnacional del que se tenga registro- evidenciado en acontecimientos cómo lo que sucedió en Ceuta. 

Es un unánime fracaso de las izquierdas en su conjunto que la migración sea una cuestión tan ácida, tan amarga y poco amigable para las sociedades europeas, y sobre todo, que parezca tan irresoluble como espinosa para el ciudadano común, quién se ve enredado por algoritmos, discursos de odio y teorías conspirativas que lo cautivan, le dan una explicación sencilla y directa y le otorgan, sobre todo, un(os) grupo(s) étnico(s) a quiénes dirigir su odio, un blanco fácil donde verter todo el resentimiento que mastica hace décadas por el empeoramiento sostenido de sus condiciones materiales de vida, por las incontables promesas empeñadas en su oído por tantos políticos de caras idénticas pero corbatas distintas, las que inevitablemente terminan siendo viles mentiras que, cada elección que sucede a la otra, lo alejan aún más de creer que la política existe para servirle, que él es parte de un sistema fabuloso donde su voz y voto tienen relevancia, ese mágico artefacto llamado democracia de demos, gente, pueblo. 

La realidad es que a tu vecino Juan y al gallego Manolo poco le importaría si sus nuevos vecinos son refugiados, migrantes legales o alienígenas si no fuera porque está agotado, porque trabaja cada vez más por cada vez menos plata, porque su moneda rinde cada vez menos en la compra mensual del super, porque nota que las cosas fueron más fáciles para sus padres y que él, con su educación y su trabajo, jamás llegará a ser propietario en la ciudad gentrificada y mal distribuida en la que vive casi hacinado para sus estándares, y, si decide él mismo ser padre, deberá sacrificarse enormemente para darle una vida medianamente confortable a su propia prole.

Por supuesto, tanto Manolo como Juan no piensan ensuciarse las manos a menos que la más franciscana pobreza los empuje a hacerlo. No, no, que los rappi, los glovo y los ubereats sean venezolanos, marroquíes, indios, pakistaníes o directamente africano, el gentilicio por excelencia para el bruto. Jamás serán capaces de entender como, en su cariz más elemental y precario, la economía en la que sus vidas suceden es sostenida por estos individuos anónimos, precarizados y explotados por su frágil condición de migrantes, que a fuerza de necesidad los obliga a tomar empleos en negro y mal pagos.

Parte de la explicación del ascenso de las ultraderechas a lo largo y ancho del mundo se debe, de hecho, a este fenómeno. Calificado por algunos autores como “nacionalismo autoritario”, se trata de una reacción de parte del electorado a la migración, las crisis económicas y el desorden político a nivel internacional. 

La nación, esa invaluable moneda de cambio

Entretanto, las élites políticas y económicas del mundo se benefician del antiquísimo axioma del divide y reinarás, sembrando discordia entre sus votantes y quiénes inevitablemente llegarán a sus fronteras buscando futuros mejores. Para ellos, también, los distintos son la carne más barata del cañón electoral. Al otrerizar al migrante, al refugiado, buscan reactivar un nacionalismo dormente en la población que gobiernan, dotar de sentido de pertenencia a esa abstracción necesaria y absurda que llamamos nacionalidad e intentar, mediante este artilugio, subsanar la inherente incertidumbre que el sujeto tiene sobre sí mismo, sobre su futuro y sobre la viabilidad de su proyecto de vida en esta insanía de mundo y de país. Esa incertidumbre ya fue diagnosticada por la sociología de fines del siglo pasado bajo el concepto de dislocación o descentralización del sujeto, que refiere a la pérdida del sentido de uno mismo a la que nos vemos sometidos en el mundo hiperglobalizado que habitamos, dado que nuestras identidades personales ya no se ven arraigadas a los ejes de género, clase, sexualidad, etnicidad y nacionalidad como otrora lo hacían aquellas de, por ejemplo, la época de nuestros abuelos. El mundo es cada vez más inestable y, con él, nuestras autopercepciones ontológicas de quiénes somos y qué nos significa eso. En términos de Laclau (1990) las sociedades modernas no poseen un centro ni un principio articulador u organizador único, y no se desarrollan de acuerdo con el despliegue de una única “ley” o “causa”. La sociedad no es, como los sociólogos a menudo creyeron, un todo unificado y bien delimitado, una totalidad que se produce a sí misma a través de cambios evolutivos desde adentro de sí misma, como un narciso desde su bulbo, sino que es continuamente dislocada por fuerzas que están fuera de ella. Las sociedades de la modernidad tardía según Laclau se caracterizan por la “diferencia”; las atraviesan diferentes divisiones y antagonismos sociales que producen una variedad de distintas “posiciones de sujeto” —es decir, identidades— para los individuos. Si tales sociedades se mantienen juntas en absoluto, no es porque estén unificadas, sino porque sus elementos e identidades diferentes pueden, bajo ciertas circunstancias, articularse. Pero esta articulación es siempre parcial: la estructura de la identidad permanece abierta. La identidad es, siempre y en todo lugar, una batalla campal entre los significados que se disputan distintos actores para un mismo significante. 

Y he aquí el quid de la cuestión, ¿Quién es el español? ¿Quién es el francés? ¿Quién es el europeo? ¿Qué concretamente significa esto para el ciudadano, en qué consiste ese factor fundamental y estructurante de su corta estadía en la Tierra? ¿Por qué le es tan caro ese sentir, y por qué se cree juez y garante de quién puede o no participar del mismo gozoso club? ¿Cuáles son aquellas cosas que lo diferencian tan fundamentalmente a él del marroquí, del haitiano, del pobre desahuciado marrón y gemelo de sus millones de compatriotas desolados que pelea, con uñas y dientes, por su pedazo de un terruño lejano, inhóspito y adverso cuyos guardias civiles lo miran a la cara con asco, con saña, con indiferencia?

La idea, nada original, a la que estoy intentando llegar, tiene que ver con la relación entre el racismo cultural y las ideas de raza, nación, nacionalidad, y pertenencia nacional:

Cada vez más nos vemos frente a un racismo que evita ser reconocido como tal porque es posible alinear ‘raza’ con nacionalidad, patriotismo y nacionalismo. Un racismo que ha tomado una distancia necesaria de las ideas crudas de la inferioridad y superioridad biológica ahora busca presentar una definición imaginaria de nación como una comunidad cultural unificada. Construye y defiende una imagen de cultura nacional, homogénea en su blancura pero precaria y perpetuamente vulnerable al ataque de enemigos de adentro y afuera. […] Éste es un racismo que responde a la turbulencia social y política de la crisis y del manejo de dicha crisis mediante la recuperación de la grandeza nacional en la imaginación. La construcción que elabora, a modo de sueño, de nuestra isla soberana como una unidad étnicamente purificada proporciona un consuelo especial contra los estragos de la decadencia [nacional] (Gilroy 1992: 87).

Y es, efectivamente, eso lo que vemos una y otra vez hoy en Ceuta y en todos lados. El tratamiento narrativo y mediático de las cuestiones migratorias devela, en rigor, que las clases dominantes entienden perfectamente la responsabilidad que tienen en las crisis migratorias, en la ineficacia del sistema de absorber a los que llegan y en la inflexibilidad de las culturas europeas de integrar la diferencia sin percibirse amenazadas sus fútiles, absurdas existencias prefabricadas. Lo entienden y, con toda la potencia de su poder, desvían a propósito el eje de la discusión, corren el foco de la conversación y alimentan meticulosamente las palabras adecuadas a los comunicadores (‘‘la sensación que da es que la ciudad está tomada por ellos''), las instituciones y los funcionarios que deberán reforzar la gran farsa en las mentes de la masa electoral. Como en palabras del gran Immanuel Wallerstein, “los nacionalismos del mundo moderno son la expresión ambigua [de un deseo] de [...] asimilación dentro de lo universal […] y simultáneamente de […] adherirse a lo particular, la reinvención de las diferencias. Es, efectivamente, un universalismo a través del particularismo y un particularismo a través del universalismo” (Wallerstein 1984: 166-167). Evidentemente, una empresa contradictoria e imposible, que nació muerta ya antes de siquiera soñar con su primer respiro. 

En este sentido, creo que la categoría más nítida, la que más nos ayuda a pensar este presente de forma lúcida, es la de homogeneización cultural propuesta por Hall (1992):

Mientras más se media la vida social por la comercialización global de estilos, lugares e imágenes, llevada a cabo por los viajes internacionales y por imágenes globales de redes mediáticas y sistemas de comunicación, más separadas se vuelven las identidades, desvinculadas de tiempos, lugares, historias y tradiciones específicos, y aparecen “flotando libremente”. Nos vemos enfrentados a una gama de diferentes identidades, cada una atractiva para nosotros, o más bien para distintas partes de nosotros, entre las que parece que podemos elegir. Es la expansión del consumismo, ya sea como realidad o sueño, lo que ha contribuido a este efecto de “supermercado cultural”. Dentro del discurso del consumismo global, las diferencias y las distinciones culturales que hasta el momento habían definido la identidad se vuelven reducibles a una especie de lengua franca internacional o moneda global en la que todas las tradiciones específicas e identidades distintas pueden traducirse. 

En épocas de reels, tiktoks y trends las palabras de Stuart Hall guardan un tinte profético. Hoy por hoy, un niño turco, un niño bengalí y un niño peruano cantan todos las mismas canciones, se ríen todos de los mismos chistes, ocupan todos las mismas referencias: six seven, labubu, tralalero tralala, etc. Es el lenguaje universal del brainrot que lidera el Internet infantil y arruina sus prematuras cortezas frontales. Las jóvenes del mundo todas sueñan con ser instagram baddies, con obtener las mismas caras repletas de hialurónico y botox y las mismas siluetas talladas por el cirujano á la mode Brazilian Butt Lift. Ya no hay nada autóctono, nada local, nada sagrado para nadie, porque todo está a un click de distancia y a un tarjetazo en Amazon (o, aún, Shein) de ser obtenido. Así, lo que sucede es que la identidad, tanto personal como nacional, se diluye hasta ser una commodity, una construcción efímera y siempre cambiante de lo que significa pertenecer al último grito de la moda impuesta por la dictadura del algoritmo atronador. 

Hall nos habla del consumismo global, de un orden internacional determinado por la capacidad de acceder a ciertos bienes, un cierto estilo de vida. Es ahí donde está la clave para entender qué es lo que indigna, y separa, a un nacional de un refugiado. Lo que se ve amenazado, acechado, más que su nacionalidad (la qué él mismo sabe precaria, contingente, un castillo de cristal construido del aire) es su pasar económico. El migrante lo molesta en tanto potencial desestabilizador de su sistema económico, como competidor en el mercado laboral tanto más atractivo, justamente, por el atractivo que guarda para un empleador aquel empleado que se deje explotar lo máximo posible por el mínimo indispensable de renta (e incluso menos), en la clásica máxima capitalista del minimizar costos, aumentar ganancias. Es más rentable emplear en condiciones que rozan la esclavitud moderna a inmigrantes desesperados de lo qué es emplear a cotérraneos que conocen sus derechos laborales y tienen a un Estado real respaldándolos, al que pueden acudir libremente cuando intentes regatearle el sueldo o no pagarles las hora extra. Pero cuando cruzaste el mundo entero en odiseas inenarrables, extenuantes, sin ningún tipo de garantías, y probablemente con tu familia a cuestas, pensás dos veces antes de objetar absolutamente cualquier cosa a la persona que prometió pagarte dos pesetas por ese trabajo indigno que tomaste, si de cualquier manera tampoco podés reclamarle nada a nadie. Tenés dos opciones: arriesgarte a disgustar a tu empleador, que puede elegir pagarte menos, no pagarte o empeorar tus condiciones de empleo, o callarte, tolerar y aceptar lo que él considere propicio. ¿Ir a la policía? significa ser deportado, y game over. 

Si Ahmed fuese clase media, y ni hablar si fuese clase alta, su presencia en España y Europa no sería un problema. Porque él no entraría en condiciones tan paupérrimas como los migrantes de Ceuta, sino que probablemente desembarcaría de un avión, con todos sus papeles en regla, gracias a la capacidad de planificación y premedite que le otorga su patrimonio. Si quisiese trabajar, obtendría un trabajo como cualquier europeo de su edad, y si tiene educación universitaria (lo cuál es probable) aún más. Su vida será, en mayor o menor medida, igual o mejor de lo que sería en su país de origen. Porque el problema, obviamente, no es en realidad el color de piel, su idioma nativo ni la religión que practicaban sus padres. El problema es que sea pobre, y encima oscuro, musulmán, árabe, lo que sea. 

El pos-neoliberalismo asqueroso que rige nuestras vidas desde hace ya tiempo conforma así identidades meramente ancladas a su status económico. Si tenés la plata suficiente, en todos lados vas a ser aceptado, integrado y hasta querido. Y si no, serás considerado la base de cualquier pirámide social aquí y en la China, van a tratarte como escoria y nadie, nadie, va a velar por tus derechos -ficciones en toda regla, en la que solo creemos aún unos cuantos ilusos y delirantes- ni indignarse cuando mueras como una rata intentando conseguir un porvenir algo más luminoso. 

De esta manera, las clases altas se codean entre sí sin importar cuánta melanina tengan encima ni a qué Dios adoren, porque el único Dios que tienen es el dinero, esclavos de su codicia ignominiosa, y su condición de clase es lo que los hermana en burguesía internacional. Del mismo modo, la estrategia política a la que nos referimos antes, la de oponer a los trabajadores de sus electorados contra los inmigrantes, apunta a camuflar que la explotación que subyuga a ambos (aunque con intensidades distintas en cada caso) es la misma, y sus principales responsables también. La ilusión de división entre unos y otros, sin embargo, tiene efectos reales muy concretos y uno de ellos es, justamente, que los trabajadores del primer mundo no reconozcan ni entiendan aquello que los divide de los trabajadores del tercer mundo, ni aún la cantidad de privilegios que gozan en comparación a aquellos ni cómo se ven beneficiados por el trabajo precarizado que ellos realizan. Desde el fordismo, la explotación de los primeros ha disminuido mientras la explotación de los últimos ha aumentado. En otras palabras, la reproducción de la clase obrera del Norte se ha beneficiado no solo de los compromisos institucionalizados de la lucha de clase en el Norte global, sino también de la posibilidad de acceder a la naturaleza y a la mano de obra una escala global y de externalizar los costos social-ecológicos de los patrones intensivos en cuanto al gasto de recursos y de energía, una posibilidad que ha sido protegida por el orden mundial imperialista (Brand y Wissen, 2021). 

De forma tal, los trabajadores de lo que en la literatura especializada llamamos ‘‘Norte global’’ participan en la estructura del modo de vida imperial, ya que se ven obligados a ello por su estatus subalterno y el hecho de que no tienen más que vender que su mano de obra, al igual que sus pares tercermundistas pero con las claras diferencias materiales que contienen sus estándares de vida. Esto es especialmente notorio para quién les habla, habiendo emigrado a Europa. 

La dimensión global de la vida cotidiana hegemónica en los centros capitalistas y su atractividad ininterrumpida para muchas personas en el Sur global funciona como la radiación de un foco ante polillas enceguecidas por la promesa de mejorar sus vidas bajo la ilusión del progreso posible en este continente. Hablamos, en casos como el mío, de migrantes que no están en situaciones de vida o muerte cuando migran, pero sí ante posibilidades drásticas e innegables de mejorar sus presentes y, por lo tanto, sus futuros. Pero lo que la gran mayoría de quiénes emigramos al Norte global eligen mostrar es, justamente, los frutos venerados de ese estilo de vida, las mejorías, lo lindo. Todo es historias de instagram de paisajes bellísimos, comidas exquisitas y puro goce. No falta incluso que esto esté acompañado por un discurso cipayo de desprecio al propio país de origen, o la repitencia de esa falacia ridícula de que los europeos deben su progreso a alguna especie de superioridad innata, que los latinoamericanos (léase de manera intercambiable con africanos/asiáticos) jamás podremos llegar a esos niveles de vida y estabilidad porque tenemos alguna especie de desarrollo atrofiado, deficiencias estructurales que permiten explicar la natural subordinación entre nuestras naciones y Europa o Estados Unidos. Lo que éstos criollos vendidos ignoran cuándo dicen cosas como España/Alemania/Italia es otro mundo, acá nunca tuve miedo esperando el colectivo o Acá nadie toca tus cosas, la gente respeta lo que es del otro, o, Tienen una ética laboral que nosotros no, o cualquiera de las tantísimas pelotudeces que uno debe tolerar de sus compatriotas en redes sociales, son los efectos desastrosos a nivel socioeconómico, político y ecológico del modo de vida imperial que los europeos sostienen en relación con los países del Sur global. 

Evidentemente, la vida acá es mejor. Nadie lo niega. Los trabajadores europeos, y ni hablar los estadounidenses, ni siquiera son conscientes de cuánto mejor lo tienen, porque no conocen nuestras realidades como para comenzar a tomar consciencia de lo mucho, mucho peor que podrían ser sus vidas. Es por eso que chillan y refunfuñan y montan un circo cuándo la inflación anual aumenta un 0,5% o cuándo la nafta o el colectivo sube algunos $, sin ser conscientes de lo qué es vivir en una sociedad que funciona. Desde que llegué, nunca dejó de sorprenderme el impacto en el bienestar que tienen las cosas más aparentemente nimias e intrascendentes. Acá, las calles están limpias, todo el mundo tiene uno o dos autos, casi no hay animales callejeros, (es verdad) nadie te roba, no existen los cirujas ni vagabundos, el sistema de salud está garantizado, la educación es de calidad y los trabajos abundan. Pero no solo eso: trabajes de lo que trabajes, como la plata alcanza para buenos productos, lo que utilizás en tu día a día es funcional y anda perfectamente. Desde un artefacto para cocinar hasta un instrumento de limpieza, todo cumple su función y está en su lugar, y uno no tiene que perder ni un segundo de su tiempo renegando con remendar, arreglar y darle la vuelta a nada para lograr una tarea que no debería tomarle más de 10’. Podrá parecer un señalamiento banal o estúpido, pero es de no creer el tiempo que un latinoamericano pierde cuando el colectivo no aparece en su horario, haciéndolo llegar tarde a trabajar, o cosiendo una camisa rota por no poder comprarse otra, o eligiendo un alimento poco nutritivo y de baja calidad porque no alcanza a otra cosa, o dejando de salir a comer, al cine, al gimnasio, para guardar un mango y así poder pagar las cuentas, el alquiler y la comida de sus nenes. Ese tiempo, en realidad, funciona como unidad de mesura para la plata ergo, la calidad de vida, que se le resta a su existencia, lo que termina por disminuirlo a ser un peón de su patrón, un prisionero de su bajo sueldo y las paupérrimas condiciones de la sociedad en la que vive, constantemente adivinando su próximo paso y la estrategia necesaria para sobrevivir. El trabajador europeo, en cambio, vive y vive cómodamente sin pensarlo dos veces, pensando solo en cuánto mejoraría su vida si ganara aún más dinero del que ya posee. No sabe lo que tiene, y tampoco entiende cómo es que lo obtuvo o las razones que operan de fondo para que él sostenga ese confort de vida. 

Sucede también que, evidentemente, un latinoamericano o un centroamericano (cuya piel, no de casualidad, es menos oscura) encontrará menos reticencias para ser aceptado en el Norte global. Esto es así porque, aunque se haya proyectado como transhistórica y transnacional, como la fuerza trascendente y universalizante de la modernización y la modernidad, el capitalismo global (especialmente en su forma neoliberal) ha sido en realidad una occidentalización: la exportación de mercancías, valores, prioridades y formas de vida occidentales. En un proceso de enfrentamientos culturales desiguales, las poblaciones ‘extranjeras’ han sido obligadas a ser los sujetos y súbditos del imperio occidental, mientras que Occidente se ha encontrado cara a cara con la cultura ‘alienígena’ y ‘exótica’ de su ‘Otro’. La globalización, al derribar las barreras de la distancia, hace que el encuentro entre el centro colonial y la periferia colonizada sea inmediato e intenso (Robins, 1991: 25) pero aún sostiene cierta jerarquía aún en su racismo. Al haber sido colonizados por países europeos, y por lo tanto ser herederos de la tradición occidental, los países de Latinoamérica gozan de cierta ventaja ante aquellos de África, el Levante y Asia, que se prefiguran como los otros por excelencia. 

Sea como sea, lo evidente es que el capitalismo del Norte depende fuertemente de la explotación de personas y naturaleza dentro del Sur global. Con todo, las relaciones Norte-Sur no se trata exclusivamente de la producción y la transferencia de valor, sino también de asuntos biofísicos que no necesariamente se ven reflejados en términos de dinero y valor. Como lo expresó Alf Hornborg, un elemento crucial de la dominación global es el intercambio ecológicamente desigual que tiende a privilegiar las sociedades en el Norte global en la “apropiación de tiempo y espacio ecológicos”, que tiene que ver con valores económicos (trabajo de plusvalía), pero también con violencia, despojo, racismo y devastación ecológica (Brand y Wissen, 2021). Un aumento de la “productividad” económica y de la plusvalía en el Norte tiene que ser entendido en este contexto integral dada la cantidad de dimensiones que son implicadas cuándo hablamos del tema. 

Se trata de una forma de dominación neoimperial que subsiste y se profundiza con cada día que pasa, de la cuál Ceuta es solo uno de tantos otros síntomas. Brand y Wissen lo sintetizan magistralmente al formular su idea del modo de vida imperial, que trata de entender mejor una constelación global de poder y dominación que se reproduce –a través de innumerables estrategias, prácticas y consecuencias no previstas– a todos los niveles espaciales y sociales: desde los cuerpos, mentes y acción cotidiana, pasando por regiones y sociedades organizados a nivel nacional, hasta las estructuras en gran parte invisibles e invisibilizadas que facilitan las interacciones globales. Y esto reproduce, asimismo, relaciones social-ecológicas destructivas, lo cual implica una transferencia enorme de material biofísico. Esto sucede dentro de regiones y países, pero también a nivel global, y se constituye por las relaciones de dominación que al mismo tiempo reproduce (Brand y Wissen, 2021). 

Imagen del artículo

Cientos de inmigrantes marroquíes descansan en las calles de Ceuta / REduan (EFE)

Los viejos diablos de siempre

Con todo, hay que ubicar a lo ocurrido en su contexto de origen cómo un fenómeno de política exterior. Todo indica que una buena parte de la oleada humana que llegó a Ceuta, incluyendo a las decenas de personas que se ahogaron al intentar sortear la valla fronteriza que se adentraba en el mar, no eran refugiados típicos. Las grabaciones de vídeo indican que prácticamente ninguno llevaba bolsas ni otras pertenencias personales. También hay vídeos que muestran camiones repletos de jóvenes, aparentemente organizados por el gobierno marroquí, siendo transportados hasta las afueras de la ciudad, así como escenas de guardias fronterizos marroquíes permitiéndoles el paso. Incluso parece que agentes de inteligencia marroquíes se encontraban entre la multitud, en un aparente intento de evaluar mejor la seguridad fronteriza y la respuesta española. De hecho, la presencia simultánea de decenas de miles de personas en la frontera requirió sin duda un importante apoyo logístico.

Algunas versiones apuntan a que se trataría de una humillación organizada por Marruecos para avergonzar al presidente del Gobierno español como respuesta a sus esfuerzos por mejorar las relaciones con Argelia, antiguo rival geopolítico de Marruecos y proveedor clave de gas natural, cuya escasez se ha visto agravada por las guerras de Ucrania e Irán, y con cuyo presidente se había reunido la semana anterior. Los marroquíes orquestaron una afluencia transfronteriza similar en 2021 en represalia por la autorización de España al presidente del Sáhara Occidental, Brahim Ghali, cuya nación Marruecos reclama como propia, para recibir tratamiento médico.

Tampoco puede ser casualidad que esto ocurra en un momento en que los gobiernos estadounidense e israelí han expresado su indignación contra el gobierno socialista español por su apoyo a los derechos palestinos y su oposición a la guerra de Irán. Sánchez es una de las voces más consistentemente pro palestinas de Europa. Ha dicho explícitamente que la guerra de Israel contra Gaza es un genocidio, ha sido muy crítico con la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y se ha negado a permitir que instalaciones militares operadas conjuntamente por Estados Unidos y España se utilicen para facilitar esa guerra.

Asimismo, Trump ha criticado duramente a España por su negativa a aumentar su gasto en exportaciones para alcanzar el objetivo de la OTAN, calificando al país de “sin esperanza”, con “mala gente” luego de que Sánchez no aumentara el presupuesto militar del país tanto como exigía y, en particular, se negara a permitir que las bases militares estadounidenses en territorio español se utilizaran en la guerra contra Irán o a autorizar el sobrevuelo de aeronaves militares estadounidenses. El mismo vicepresidente JD Vance atribuyó los cruces fronterizos a las "políticas globalistas de izquierda radical que han permitido la invasión de Occidente", mientras que Trump advirtió que escenas similares a las de las decenas de miles de personas de piel oscura que asaltaron la frontera en Ceuta se repetirían en Estados Unidos si los demócratas volvieran al poder.

El mes pasado Trump ordenó al secretario del Tesoro que cortara los lazos comerciales con España, a pesar de que esto es imposible debido a la pertenencia de España a la UE, y buscaba otras maneras de castigar a Madrid. Marruecos, por su parte, ha sido mucho más amigable con Israel que España. En 2024, España impidió que un buque de carga con bandera estadounidense que transportaba armas para Israel atracara en Algeciras, por lo que el buque se desvió a Marruecos. Ese mismo año, las autoridades marroquíes permitieron que un buque de guerra israelí atracara en Tánger para repostar y reabastecerse en su ruta de Estados Unidos a Israel, después de que España le hubiera negado el acceso al puerto.

De hecho, funcionarios del gobierno israelí y defensores proisraelíes en Estados Unidos han estado insistiendo en el mensaje de que el gobierno español es un opresor colonialista y, por lo tanto, no tiene derecho a criticar a Israel, ignorando el hecho de que los enclaves tienen una mayoría de españoles étnicos y hay pocos indicios de que incluso sus residentes de origen árabe y bereber prefieran vivir bajo la monarquía autocrática marroquí.

Ya en 2019, Yair Netanyahu, hijo del presidente, tuiteó un mapa de Ceuta y Melilla con el siguiente mensaje: «Queridos árabes y musulmanes: ¿Quieren liberar las tierras árabes islámicas ocupadas? ¡Aquí tienen un buen comienzo!».

En marzo de este año, un artículo escrito por Michael Rubin, investigador del American Enterprise Institute, para el Middle East Forum, una publicación firmemente proisraelí, instaba: «Los marroquíes deberían reunirse, enviar excavadoras a la frontera y entrar desarmados en Ceuta y Melilla para izar la bandera».

En abril, el analista marroquí proisraelí Amine Ayoub escribió un artículo para el sitio web israelí Ynet News argumentando: «Las tensiones entre Estados Unidos y España por la OTAN e Irán crean una oportunidad para que Marruecos insista en sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, con Israel posicionado para respaldar diplomáticamente a Rabat dentro de la alianza liderada por Estados Unidos, que cada vez favorece más a los socios cooperativos que a los países europeos disidentes».

El viernes, con Ceuta invadida por decenas de miles de migrantes, el embajador de Israel ante las Naciones Unidas, Danny Danon, publicó un comentario provocador en Twitter: «España, que nunca pierde oportunidad de sermonear a Israel, ha declarado el estado de emergencia en Ceuta tras la crisis por su política migratoria», escribió Danon. «Quizás antes de que siga dándonos lecciones, sea hora de que explique al mundo por qué aún mantiene enclaves coloniales en África».

«Bueno, todo empieza a quedar bastante claro», comentó el ministro de Transportes español, Óscar Puente, sugiriendo aparentemente que creía que Israel estaba implicado en lo ocurrido en Ceuta. El sentimiento proisraelí ha ido en aumento en Marruecos, sobre todo a medida que se han estrechado las relaciones diplomáticas del país con Israel y Estados Unidos. Incluso hace tan solo unos días, se anunció que Marruecos había bautizado con el nombre de Trump una carretera de 1055 km (655,5 millas) que atraviesa el Sáhara Occidental.

Los expertos afirmaron que el gesto no fue ninguna sorpresa, ya que Marruecos fue uno de los signatarios de los Acuerdos de Abraham, mediados por Trump, que normalizaron las relaciones del país con Israel en 2020. A cambio, la administración Trump ha brindado un apoyo crucial a Marruecos en las Naciones Unidas y a través de canales bilaterales, acercando a Rabat a un mayor control sobre el Sáhara Occidental.

No hay pruebas de que Marruecos orquestara los sucesos de Ceuta en parte en nombre de Israel; se trata simplemente de una serie de curiosas coincidencias. Pero, independientemente de si hubo o no conspiración, una consecuencia del episodio es clara: las ya tensas relaciones entre el gobierno español de izquierda de Sánchez y el gobierno israelí de extrema derecha de Netanyahu se han enfriado aún más.

Irónicamente, lejos de ser anticolonial, Marruecos es una potencia colonial, al haber invadido, ocupado, anexado y colonizado ilegalmente el Sáhara Occidental, Estado miembro de pleno derecho de la Unión Africana y reconocido por las Naciones Unidas como territorio no autónomo. Estados Unidos e Israel son los únicos dos países que reconocen formalmente a ese territorio ocupado como bajo soberanía marroquí.

Marruecos lleva mucho tiempo utilizando la amenaza de abrir las fronteras a la migración masiva hacia España y otros países europeos para obtener concesiones políticas y económicas, incluso en lo que respecta al Sáhara Occidental. Incluso Sánchez, poco después del incidente de Ceuta en 2021, respaldó el dudoso plan de “autonomía” de Marruecos para el Sáhara Occidental, que anularía el derecho a la autodeterminación de los saharauis y sentaría el peligroso precedente del reconocimiento internacional de la expansión territorial de un país por la fuerza. Otros gobiernos europeos de izquierda han hecho lo mismo, dispuestos a sacrificar principios jurídicos internacionales por temor a que un flujo masivo de refugiados perjudique su capital político y fortalezca a la extrema derecha.

El ataque a Ceuta forma parte de una larga tradición marroquí de presentarse como “anticolonial” para encubrir su propio colonialismo. Junto con una invasión armada simultánea, Marruecos congregó a 300.000 marroquíes desarmados en la “Marcha Verde” de 1975 para reivindicar el Sáhara Occidental, justo antes de su independencia de España. La conquista, apoyada tácitamente por Estados Unidos, contravino directamente una sentencia histórica de la Corte Internacional de Justicia y una serie de resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que abogaban por la autodeterminación. Una brutal ocupación militar persiste hasta el día de hoy.

Por lo tanto, los recientes cruces fronterizos no fueron ni una auténtica crisis humanitaria ni parte de una lucha anticolonial, sino parte de los esfuerzos del creciente nexo Estados Unidos-Israel-Marruecos —codificado y fortalecido por los llamados Acuerdos de Abraham— para debilitar a un gobierno europeo progresista, dividir a Europa y socavar el derecho internacional y los derechos humanos.

El factor doméstico: islamismo, tensiones internacionales y polarización.

A continuación, la explicación ofrecida por el investigador Zineb Riboua para lo acontecido en Ceuta y Melilla; para ponerse en contexto, Marruecos es una monarquía semiconstitucional encabezada por un rey, quien gobierna junto a un parlamento electo donde partidos islamistas, laicos y nacionalistas compiten por la influencia política. Sin embargo, grupos islamistas dedicados a cuestionar la legitimidad de la monarquía también operan en el país, principalmente porque consideran que el rey no se ajusta a su interpretación de la ley y la gobernanza islámicas. La oposición se intensificó después de que Marruecos normalizara sus relaciones con Israel en virtud de los Acuerdos de Abraham, mediados por Estados Unidos. Si bien el gobierno que firmó el acuerdo estaba liderado por islamistas, muchos de los actores políticos involucrados posteriormente cuestionaron la normalización tras dejar el cargo, capitalizando los discursos palestinos posteriores al 7 de octubre para movilizar a la oposición interna.

Durante años, los actores islamistas han intentado movilizar este descontento debilitando la confianza en las instituciones marroquíes. Según su discurso, Marruecos es un Estado “sionista” fallido, que no merece la lealtad de nadie, que no merece ser reconstruido ni merecer inversión hasta que se produzca una reforma gubernamental. Se insta a los jóvenes marroquíes a la yihad y a una postura de confrontación permanente con Occidente, lo que ha llevado a algunos a perpetrar atentados terroristas en Europa. Año tras año, los islamistas marroquíes han intentado convencer a los jóvenes con una afirmación desalentadora: su país no tiene futuro y el gobierno islamista es la única salvación viable.

Por supuesto, un partido islamista gobernó entre 2011 y 2021, y lo único que produjo fue una economía estancada, promesas incumplidas y una población frustrada. Pero el discurso nunca cambió. Y mientras tanto, las redes sociales pintan a Europa como una especie de tierra prometida, un lugar donde los inmigrantes son bienvenidos, el bienestar es ilimitado y la prosperidad llega fácilmente. La decisión de España en enero de normalizar la situación de cientos de miles de inmigrantes indocumentados que ya se encontraban en el país no hizo sino reforzar esta percepción. Lo que nos lleva al aumento de la migración hacia Ceuta.

Ceuta y Melilla, dos enclaves españoles en la costa norte de África, han estado bajo dominio ibérico durante siglos. Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415 y pasó a formar parte de España en el siglo XVII, mientras que Melilla quedó bajo dominio castellano en 1497. Históricamente, ambos sirvieron como puertos fortificados que protegían el acceso al Estrecho de Gibraltar y como centros neurálgicos del comercio mediterráneo y atlántico. Sin embargo, en la actualidad, ninguno de los dos es comparable a los grandes centros de transbordo y logística que dominan el comercio marítimo mundial.

Marruecos nunca ha reconocido formalmente la soberanía española sobre los enclaves, pero los sucesivos gobiernos marroquíes se abstuvieron de emprender acciones legales para reclamar territorios, lo que permitió que el statu quo permaneciera prácticamente inalterado durante siglos. Esto contrasta con la postura de los actores islamistas en Marruecos, quienes consideran que estos territorios forman parte de la tierra históricamente musulmana y que su recuperación es un imperativo religioso. «Aún debemos trabajar con diligencia para que Ceuta y Melilla vuelvan a formar parte de la patria», declaró a principios de este año el líder del principal partido islamista.

Esa diferencia revela mucho sobre la distancia entre la política exterior real de Marruecos y la narrativa islamista construida para la movilización ideológica. De hecho, la migración masiva del jueves parece ser producto principalmente de la coordinación en línea a través de grupos de Facebook, y no, como algunos han sugerido, de acciones del Estado. En realidad, según informes, las fuerzas de seguridad marroquíes intentaron repeler a los migrantes, mientras que el gobierno suspendió los servicios ferroviarios para ayudar a contener el flujo.

Los esfuerzos de Marruecos por frenar la migración no deberían sorprender. El país no obtiene ningún beneficio de los cruces incontrolados. Su cooperación diaria con Europa es sólida y constante en todos los ámbitos, incluyendo marcos migratorios robustos con Francia y Alemania, una asociación bilateral firmada con Berlín en 2024 y, más recientemente, una estrecha coordinación operativa con Estados Unidos. Además, Marruecos sufre una fuerte presión migratoria, especialmente desde el sur. Solo en 2025, las autoridades interceptaron 73.640 intentos de cruce irregular, y los ciudadanos subsaharianos representan casi el 60% de los residentes extranjeros en el país. El caos de los últimos días no hace sino empeorar la situación de Marruecos: una vez que se extienda la percepción de una frontera sin control, atraerá aún más refugiados.

Más importante aún, los intereses estratégicos a largo plazo de Marruecos dependen de una España estable, próspera y cooperativa. Rabat ha invertido considerablemente en infraestructuras regionales y proyectos energéticos que dependen de una estrecha coordinación bilateral. El gasoducto Nigeria-Marruecos propuesto, por ejemplo, fortalecería el papel de España como puerta de entrada energética europea al ampliar el acceso al gas natural de África Occidental y diversificar aún más el suministro, más allá de las importaciones rusas. La misma lógica se aplica a las interconexiones eléctricas, el comercio a través del Estrecho de Gibraltar y los preparativos para la Copa Mundial de la FIFA 2030, que Marruecos coorganizará con España y Portugal. El desorden en la frontera de Ceuta socava estos objetivos. El futuro económico de Marruecos depende de una mayor integración con Europa, no de la confrontación con su vecino europeo más cercano.

Pero, por supuesto, voces islamistas acusan ahora al gobierno marroquí de orquestar todo el episodio. Esta narrativa ha sido alimentada por los propios migrantes, quienes afirmaron en entrevistas que la policía les permitió el paso. Mientras tanto, comentaristas y funcionarios españoles han amplificado la acusación al afirmar que el gobierno marroquí podría estar actuando a instancias de Israel para desestabilizar a España. La coincidencia no es casual: las elecciones generales de Marruecos están previstas para el 23 de septiembre, y el caos fronterizo, magnificado en las redes sociales, puede desestabilizar a los gobernantes en ejercicio. De hecho, el Ministerio del Interior marroquí ha confirmado oficialmente la existencia de una campaña en línea que animaba a la gente a intentar llegar a Ceuta. Según el ministerio, la campaña afirmaba falsamente que la frontera estaba abierta, que a cualquiera que llegara a Ceuta se le permitiría quedarse, que quienes la cruzaran a nado no sufrirían consecuencias legales y que la entrada era sencilla.

Estas tácticas pretenden reformar el gobierno de Marruecos, ignorando convenientemente que las políticas españolas obstaculizan directamente la capacidad marroquí para controlar la frontera. Marruecos soporta gran parte de la carga de las patrullas, interceptaciones y vigilancia en su lado de la frontera, tarea que se ha visto aún más dificultada por la intensificación de las oleadas migratorias debido a las guerras en Mali, Burkina Faso y Níger. El gasto preventivo de España, por su parte, es limitado: España destina aproximadamente 60 millones de euros anuales (69 millones de dólares) a medidas para prevenir llegadas irregulares, mientras que gasta más de 1.800 millones de euros anuales (más de 2.000 millones de dólares) en acogida y apoyo a migrantes. Un plan plurianual del gobierno español para destinar 711 millones de euros (821 millones de dólares) a Ceuta y Melilla hasta 2026 dirige la mayor parte de los fondos a educación, servicios sociales y desarrollo económico, no a la seguridad fronteriza. Además, el Tribunal Supremo español dictaminó recientemente que las personas que llegan a Ceuta nadando no pueden ser devueltas inmediatamente y deben solicitar asilo. Este desequilibrio estructural incentiva, en lugar de disuadir, los cruces ilegales.

Todo esto deja a Marruecos atrapado en una batalla entre actores que desean su fracaso. Contrariamente a las afirmaciones de los islamistas, el país no se está derrumbando. Si bien es cierto que es un país en desarrollo con dificultades económicas, no hay guerra, ni colapso estatal, ni derrumbe institucional. De hecho, se están llevando a cabo algunos de los mayores proyectos de infraestructura e industriales de la historia moderna de Marruecos: la ampliación de la primera red ferroviaria de alta velocidad de África, la expansión de Tánger Med (un enorme puerto industrial y centro logístico) y grandes inversiones en energías renovables y desalinización. Marruecos también ha desarrollado uno de los sectores aeroespaciales más avanzados de África, con más de 150 empresas que emplean a unos 25.000 trabajadores cualificados y generan cerca de 3.000 millones de dólares anuales en exportaciones. Safran, Boeing, Airbus y otros fabricantes internacionales operan importantes complejos industriales en el país.

Pero, por supuesto, este último episodio solo reforzará la narrativa islamista a costa de Marruecos. Los espectadores informados tienen la responsabilidad de comprender estas dinámicas. De lo contrario, la agenda ideológica que estos grupos radicales han perseguido durante años seguirá extendiéndose.

Los humanos detrás de las cifras

Las ideas y las elaboraciones teóricas para hablar del tema son muchas y, sin dudas, categorías útiles y necesarias para pensar un tema tan complejo como multidimensional. Pero más allá de toda teoría y todo concepto hay que tener en cuenta el muy real y tangible costo humano de todo esto. No existen palabras que yo pueda soltar en Internet capaces de contemplar, en la total extensión de la experiencia, el dolor y las vivencias de uno de los incontables niños y jóvenes marroquíes que han llegado a la frontera engañados por la falsa premisa de que el acceso a España estaba liberado, de que su puerta de entrada a un nuevo comienzo estaba abierta de par en par. Para llegar allí tuvo, indefectiblemente, que sortear un sinfín de obstáculos y traspiés. Y allá, cansado, temeroso y con el puñado de ambiciones y sueños en el puño, se encontró con policías que ahogaron sus anhelos con cañones de agua a presión y lo asfixiaron con gases lacrimógenos. En el peor de los casos, incluso, puede haberse encontrado en un enfrentamiento a balazos. Desesperado, confundido, sin nadie que lo sane ni recursos para salir del paso, se unió entonces a la masa de familias con bebés en brazos, jóvenes igual que él y grupos de compañeras que, terminada la persecución, heridos y maltrechos, durmieron a la intemperie en solares y jardines, habiendo comido gracias a la generosidad de los vecinos o a dinero pergeñado por sus familiares a cientos de kilómetros. Extenuados, bajo los rayos abrasadores del sol, se agolparán al día siguiente intentando meterse en vehículos que los lleven de vuelta a su país de procedencia. 

Estamos hablando de personas, de seres humanos de carne y hueso iguales a vos y a mí. Gente que ama, que ríe y que sufre igual que cualquiera. Y la cruda es que, aunque parezca irrisorio, a un progresista europeo promedio probablemente le conmueve más su perro cuando tiene indigestión que Omar, el menor de edad (en toda regla, el niño) marroquí destrozado que ahora aguarda en en enclave a ver qué le depara el destino, sin saber si va a volver a ver a su familia, si va a lograr escapar algún día del destino tercermundista que fuerzas más amplias y oscuras que él han predeterminado para sí, o si siquiera vale la pena seguir adelante en condiciones tan infrahumanas. Ese joven que se cuestiona el valor de su propia existencia figura menos en las  preocupaciones de un europeo que el cuádrupedo que caga en el piso de su casa. 

El acontecimiento significó una crisis de grandísima dimensión para el gobierno español, y derivó además en medidas unilaterales dentro del bloque de la EU: Italia suspendió el acuerdo de Schengen con España y aplicó controles marítimos y aéreos, mientras Finlandia, Dinamarca y Austria sopesaron o exigieron la suspensión temporal de la nación ibérica del espacio de libre circulación. Entretanto, España, en la voz de Grande-Marlaska, su ministro de Interior, asegura que cerca de 70.000 de los ingresados ya abandonaron el territorio ceutí y regresaron a suelo marroquí. Lo hace en medio de las presiones diplomáticas de los 22 países firmantes entre los que figuran la gran mayoría de sus vecinos y la Unión Europea como institución. 

La división llama la atención: mientras un Estado miembro enfrentaba esta situación excepcional, otros 22 eligieron este momento para culparlo por su política de regularización y, además, reclamar medidas más drásticas contra la migración irregular, cuando ya hay mucho en marcha: distintos paquetes de medidas contra el tráfico y la trata de personas y la implementación de ese marco común europeo que es el Nuevo Pacto. En la opinión de la analista Camille Le Coz, directora del centro de pensamiento Migration Policy Institute Europe, lo que se espera es, por un lado, a algunos de esos Estados miembros pidiendo avanzar todavía más hacia la externalización, con medidas como los centros de retorno y todo tipo de esquemas que se discutieron en los últimos años. Y, por otro, a España defendiendo el tipo de cooperación y de asociación que viene aplicando con países como Marruecos y que hasta ahora dio resultados en materia de gestión migratoria.

La presión sobre el Ejecutivo de Madrid llegó a ser tal que algunos Estados de la UE habían planteado la posibilidad de expulsar a España del espacio Schengen por la afluencia de migrantes. Ante esto, el ex Alto Representante de la Unión Europea Joseph Borrell declaró que ‘‘La solidaridad europea ha muerto en Ceuta’’, y añadió que "no puede ser que la demagogia populista tome el lugar del Estado de Derecho y sustituya a la solidaridad entre los Estados miembros de la Unión Europea. España tiene que alzar su voz en el Consejo y exigir la solidaridad que España ha prestado siempre en problemas migratorios y la defensa del territorio". El exfuncionario recordó además que no es la primera vez que la inmigración es usada como arma en política internacional, rememorando el ataque híbrido de Erdogan en Ceuta en 2021. Ya en ese entonces las imágenes de los migrantes fueron utilazadas políticamente, en especial por la extrema derecha europea, para demostrar que Europa estaba ‘‘bajo ataque’’ -la misma prosa que utiliza Javier Milei para intentar instalar la rídicula agenda estadounidense al mejor estilo ICE en el país más integrador del planeta-. Pero lo de ahora constituye un hecho sin precedentes. Ya hubo crisis en Ceuta en el pasado, pero es la primera vez que llega tanta gente al mismo tiempo y en un lapso tan corto.

La realidad es que, a juzgar por como están las cosas, ya todo el siglo XXI es una crisis prolongada y agotadora en la que nos vemos sometidos a un horror más colosal y profundamente devastador cada vez. La espina dorsal de nuestra Humanidad está siendo cada vez más desgarrada, y las depravaciones morales solo parecen ser cada vez mayores, develando que siempre existe un nuevo fondo por ser tocado por las élites politico-económicas que, lamentablemente, rigen nuestro presente y el futuro de nuestros hijos.