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17/05/2026

Alex Karp y su visión operativa del mundo

Por @no.investigues

Alex Karp y su visión operativa del mundo

Un vistazo al proyecto hegemónico del fundador de Palantir


No.investigues es un proyecto experimental con sede en México que explora nuevas vías para el debate, la interacción y la conversación dentro de las estructuras limitantes de las redes sociales: una invitaciónabierta a vivir y experimentar juntos el fin del mundo.

Recientemente analizamos la figura de Peter Thiel en el marco de los discursos cuasi teológicos que sirven de base (o justificación) para proyectos tecnológicos y políticos de gran escala. Nos encontramos en un presente donde la acumulación masiva de capital ha permitido a un puñado de multimillonarios colocarse en una posición donde, literalmente y sin alegorías, tienen la capacidad de darle forma al mundo de acuerdo con sus excéntricas, y muchas veces desquiciadas, visiones del futuro.

Peter Thiel es solo uno de ellos. Otra figura que opera en ese mismo ecosistema es Alexander Karp, cofundador de Palantir. La vocación de Karp es claramente operativa, pero no por ello su influencia es menos importante que la de Thiel, al menos en lo que concierne a Palantir. Para quiénes no estén familiarizados con la empresa, podríamos resumir que es una firma enfocada en análisis de datos y aplicaciones de software que principalmente da servicio al gobierno de los EEUU, incluyendo proyectos de aplicaciones militares e inteligencia. Su nombre proviene del universo de Tolkien, materializando la ficción de un artefacto poderoso, misterioso y con aplicaciones maléficas en tema de vigilancia, control y despliegue de inteligencia militar. Existen muchos recursos en línea que explican más a fondo que rol tiene Palantir en el panorama global actual y nos gustaría resumir aquí por qué debería importarnos mediante una exploración de la figura misma de Karp.

Afortunadamente no tenemos que desarrollar tecnología lectora de mentes o hacer un análisis de datos de su perfil algorítmico para intentar descifrar quién es Alexander Karp, ya que como la mayoría de estas figuras narcisistas, Karp ha expresado pública y abiertamente sus ideas y opiniones. Su libro The Technological Republic, publicado en febrero de este año en coautoría con Nicholas W. Zamiska, es un resumen bastante simple de su visión global y cómo ésta se materializa a través de Palantir.

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No de forma distinta a Thiel, Alexander Karp expresa una desilusión por el estancamiento de la innovación estadounidense representada en el imaginario de Silicon Valley. Como el viejo y rancio meme de “tiempos fáciles crean hombres débiles” Karp menosprecia la tendencia de las últimas décadas que enfoca la innovación en las mundanas y triviales necesidades de los consumidores masivos. En vez de pensar en nuevas tecnologías de destrucción, armamento y superioridad militar; las mentes más brillantes del ecosistema se han conformado mediocremente con reducir la fricción cotidiana enfrentando “problemas de primer mundo” (¿Se acuerdan de Juicero?). Esto es el reflejo de una cultura americana secular y liberal hipnotizada por la corrección política. La progresiva eliminación de incomodidad, tensión y conflicto se manifiesta en una sociedad que se rehúsa a creer en algo; ya sea por miedo o falta de convicción.

En resumidas cuentas Karp presenta su visión, materializada en Palantir, como la plantilla a seguir para rescatar a occidente; en donde “occidente” se entiende llanamente como la hegemonía de EEUU. Ahora bien, ¿cuál es ese modelo que Palantir representa? Karp lo pinta con la brocha gorda de la colaboración entre gobierno e iniciativa privada. Pretende que volvamos a poner de moda esos grandes proyectos (generalmente militares) en los que las mentes más dotadas en generaciones anteriores decidían comprometer su talento a la visión grandiosa de su nación.

Karp intenta soportar su visión unidimensional haciendo una especie de genealogía del avance técnico militar como fuerza del bien mientras en paralelo describe el declive de Silicon Valley y la captura de la educación superior por una especie de relativismo epistémico que, en términos de discurso cultural, se relaciona con lo woke. Enunciando algunas anécdotas de estos ecosistemas, Karp pretende mostrar que tanto la excesiva regulación gubernamental como el conformismo de innovación incremental de la sede tecnológica han llevado a EEUU a renunciar a su posición global como potencia militar temible. En otro capítulo expresa de forma vaga y general la filosofía organizacional de Palantir para proponer a otros empresarios a tomar su mindset “ingenieril” que, de forma casi caricaturizada, lo relaciona con una herramienta de solución de problemas básica como los “5 porqués” y con una estructura horizontal como catalizador del proyecto que propone.

Todo lo anterior podría parecer un mensaje inofensivo y simple. ¿Qué tiene de extraño o espectacular que un empresario estadounidense argumente en favor de la colaboración del sector privado con su gobierno? ¿Qué hay de malo en fomentar desarrollos tecnológicos prioritarios para los intereses nacionales? La cuestión proviene precisamente de la justificación ideológica que posiciona este proyecto como una especie de imperativo moral para las empresas de tecnología. Esa ideología, aunque no es articulada explícitamente en el libro, es sencilla de leer en la superficie de éste.

La hegemonía de EEUU recorre una historia de conflicto, imperialismo, intervencionismo y excesos con incontables víctimas directas e indirectas en el sur global. Incluso el poblador promedio de este país rara vez disfruta los beneficios de estas políticas globales violentas y criminales. Es decir, los intereses que Karp pretende posicionar no implican un proyecto positivo ni si quiera para los mismos pobladores de Estados Unidos. La hegemonía que Karp y Palantir desean mantener tiene que ver con intereses especiales concentrados en instituciones, empresas y un puñado de individuos que se benefician materialmente de tragedias y horrores como el genocidio en Gaza; al cual Palantir a contribuido directamente y Karp apoya de forma incondicional.

Imagen del artículo

Imagen de Al-Jazeera, From Gaza to ICE raids, why is US firm Palantir under scrutiny?

El libro, sin embargo, nunca aborda esto en detalle. Con una especie de cinismo velado, Karp equipara la defensa de su idea de occidente con los intereses descritos anteriormente. La amenaza de que la superioridad tecnológica sea obtenida por un rival como China, transforma su argumento en una especie de deber existencial para EEUU. La justificación moral de plantear un proyecto abiertamente nacionalista, bélico y racista se encuentra regada sobre el texto sin nunca articularse de forma explícita o concreta. Karp claramente cree en la superioridad cultural de su imagen caricaturizada de occidente. El, a diferencia de todos esos otros líderes sin carácter ni valor, tiene creencias fuertes de trascendencia y delirios de superioridad cultural; que, en conjunto con su motivación y visión, son suficientes para poner en marcha un cambio de paradigma de creencias duras y proyectos patrióticos de nación.

El libro no coloca sobre la mesa ninguna propuesta concreta de acción o política pública y parece sugerir que ese cambio paradigmático se dará únicamente por una suerte de convicción idealista espontanea. Más no por ello debe considerarse un texto trivial, pues la declaración de intención es clara. Y más importante aún, no estamos hablando aquí de una especie de conceptualización etérea que puede darse en un futuro distante; sino que materialmente, a través de Palantir y otros proyectos similares, ya se encuentra en marcha.

La lectura es una ventana hacia la racionalización moral que sujetos como Karp (o Thiel, Musk, Altman, etc.) utilizan como visión operativa de sus mega iniciativas tecnológicas. Entender sus motivaciones y las narrativas que dan sentido a su mundo es importante para anticipar –y en la medida de lo posible resistir—sus avances y proyectos orientados a poner los intereses especiales de unos pocos por arriba de cualquier consecuencia o ética colectiva.

Para cerrar en un plano más optimista (no que sea necesario), vale mencionar que si en algo Karp tiene razón es que muchas de las innovaciones tecnológicas que hoy se atribuyen (y que benefician) únicamente al sector privado generalmente se han dado gracias al apoyo económico, político y organizacional del Estado. En ese sentido plantear una colaboración que permita retomar proyectos masivos de innovación técnica no tiene que estar orientado hacia una visión imperialista y hegemónica de dominación o aniquilación del Otro. Retomar el proyecto de un Estado genuinamente democrático que pueda orientar y dirigir el gigantesco aparato técnico en favor de la población general sigue siendo un proyecto esencial para cualquier aproximación política donde el gobierno tenga cabida. A continuación, una cita relevante del libro Inventing the Future, donde sus autores Alex Williams y Nick Srnicek hacen eco de datos y tesis del texto The Entrepreneurial State de Mariana Mazzucato:

A nivel estatal, existen argumentos igualmente sólidos a favor del control democrático sobre el desarrollo tecnológico, dado que la mayoría de las innovaciones más significativas provienen de la financiación pública, en lugar de la privada. Es el Estado quien lidera importantes revoluciones tecnológicas, desde internet hasta la tecnología verde, la nanotecnología, el algoritmo que impulsa el motor de búsqueda de Google y todos los componentes principales del iPhone y el iPad de Apple. El microprocesador, la pantalla táctil, el GPS, las baterías, el disco duro y Siri son solo algunos de los componentes que surgieron gracias a la inversión gubernamental. Lo cierto es que los mercados capitalistas tienden a priorizar el corto plazo y las inversiones de bajo riesgo. Son los gobiernos quienes proporcionan los recursos a largo plazo que permiten que los grandes cambios innovadores se desarrollen y prosperen, mientras que el capital de riesgo actual se centra cada vez más en la generación de beneficios a corto plazo.

[…]

En este contexto, resultan especialmente relevantes los denominados proyectos «orientados a una misión». Estos no buscan la diferenciación de productos ni mejoras marginales en bienes existentes, sino que se centran en proyectos innovadores a gran escala, como los viajes espaciales e internet. Se trata de un desarrollo revolucionario, orientado a crear nuevas vías tecnológicas y abierto a la posibilidad de que surjan innovaciones inesperadas. Bajo control democrático, podría dar respuesta a los mayores problemas sociales de la actualidad y fomentar el pensamiento estratégico, por ejemplo, mediante el uso de bancos de inversión estatales para definir el valor social de los proyectos a través de las decisiones de financiación.

En el nivel del Estado, hay un argumento igualmente fuerte que hacer en pro del control democrático del desarrollo tecnológico, dado que las innovaciones más significativas vienen del financiamiento del sector público y no del sector privado. Es el Estado quien dirige las revoluciones tecnológicas importantes –desde el internet hasta la tecnología verde, nanotecnología, el algoritmo en el corazón del motor de búsqueda de Google, y todos los componentes principales de un iPhone y iPad. El microprocesador, la pantalla táctil, el GPS, las baterías, los discos duros y SIRI son solo unos pocos de los componentes que han surgido de inversiones gubernamentales. El hecho es que los mercados capitalistas tienden hacia una visión de corto plazo y bajo riesgo. Son los gobiernos los que proporcionan los recursos de largo plazo que habilitan cambios innovativos mayores para desarrollar, mientras que el capital de riesgo tiende cada vez más hacia la generación de retornos de corto plazo.

[…]

De particular importancia en este caso son los llamados proyectos “orientados a una misión”. Este tipo de proyectos no apuntan hacia alguna diferenciación de productos o mejoras marginales de bienes existentes, sino que se preocupan con alcances inventivos a gran escala como viajes espaciales o el internet. Esto es desarrollo revolucionario orientado a crear caminos tecnológicos completamente nuevos y abrir la posibilidad de que surjan innovaciones inesperadas en el proceso. Bajo un control democrático, también podrían responder a las problemáticas sociales diarias y fomentar pensamiento a gran escala para, por ejemplo, usar los bancos de inversión estatales para dar forma al valor social de proyectos a través de decisiones de fondeo.

El fragmento anterior hace énfasis en el rol del Estado en el desarrollo tecnológico; sin embargo, a diferencia de Karp, el argumento aquí invita a la democratización de la tecnología generada a través de éste para direccionar su impacto y beneficio hacia un bien común; más que a una simple colaboración para mantener los intereses geopolíticos del gobierno y ocultar ese beneficio privado en el eufemismo de la salvación de occidente. Históricamente las innovaciones del Estado han venido de la inercia militar; pero de forma similar a como estos multimillonarios siguen planteando proyectos delirantes de superioridad global; creemos que sigue siendo vigente retomar nociones democráticas del control de estos mecanismos para el beneficio interno –y no abstracto—de sus poblaciones.